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    <title>Hic sunt stories</title>
    <link>https://sopadeletras.club/hic-sunt-stories/</link>
    <description>relatos cortos</description>
    <pubDate>Tue, 21 Jul 2026 17:57:21 +0200</pubDate>
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      <title>Lo que hay que hacer</title>
      <link>https://sopadeletras.club/hic-sunt-stories/lo-que-hay-que-hacer</link>
      <description>&lt;![CDATA[Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona pulcra y ordenada. Pero este fin de semana no lo es. No lo es ni mucho menos. Este fin de semana ha comenzado sus vacaciones y necesita desfogarse. La habitación de hotel en la que duerme está hecha un desastre, la ropa de cama tirada por el suelo y su vestimenta esparcida de cualquier manera. En la mesa de centro del pequeño salón que acompaña la estancia hay dos rayas de cocaína perfectamente alineadas en una bandeja metálica. Junto a ella dos copas, una de ellas utilizada como cenicero, contienen un líquido ambar.&#xA;&#xA;Un teléfono móvil suena. Ricardo abre los ojos mientras un millar de agujas se clavan en su cerebro. Mira a su lado, en la cama, y solo ve un espacio vacío que aún conserva la forma de un cuerpo de mujer. El teléfono sigue sonando. Ricardo reconoce el tono de llamada, es el móvil del trabajo. Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona responsable. Sabe que, aún estando de vacaciones, no puede rechazar esa llamada. Ignorando el dolor de cabeza y venciendo una súbita arcada se levanta y busca a tientas bajo el edredón, que yace en el suelo como si fuese una alfombra, siguiendo el sonido.&#xA;&#xA;—Ricardo Soler al habla —dice cuando por fin lo encuentra y pulsa el botón verde de la pantalla. Escucha unos segundos con atención y después vuelve a hablar—. Solo llevo dos días de vacaciones. ¿No puede encargarse otro? —Más silencio—. Entiendo, estaré allí lo antes posible. &#xA;&#xA;Cuelga el teléfono y se dirige al armario. Coge la maleta y mete en ella toda su ropa. Está bastante seguro de que se deja algo olvidado, pero no es momento de ponerse a buscar calcetines detrás del sofá. Lo que no perdona es el café y la ducha. Prevé un día intenso, y necesita ambas cosas como el respirar. Tras liquidar la cuenta de la habitación sale a la calle y coge un taxi.&#xA;&#xA;—Calle Benavente diez, por favor —le dice al taxista, que por fortuna no parece tener ganas de charla.&#xA;&#xA;Y mejor así, porque Ricardo tiene que trabajar. Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona concienzuda. Abre el portátil e introduce su contraseña. El correo que Beatriz le ha enviado lo está esperando en la bandeja de entrada. El asunto del mensaje no puede ser más sombrío: «Posible nueva variante del ébola». Comienza a leer, y su rostro va perdiendo el color a medida que pasan las líneas. Descarga los archivos adjuntos, que resultan ser las analíticas de los cuatro misioneros españoles contagiados. Ricardo las estudia con preocupacion. Todo indica que se trata de una variante grave. Muy grave. Extremadamente contagiosa y extremadamente mortal. Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona que sabe conservar la calma, pero ahora está nervioso. Si esa nueva cepa se extiende puede provocar una pandemia que dejaría el covid como un simple resfriado. Cierra el portátil y se quita las gafas. Se masajea con el índice y el pulgar el puente de la nariz. Daría lo que fuera por un analgésico para mitigar aunque fuese un poco ese terrible dolor de cabeza. La voz del taxista lo trae de vuelta a la realidad.&#xA;&#xA;—Ya hemos llegado. Benavente diez.&#xA;&#xA;Ricardo paga con un billete de cincuenta y no se molesta en coger el cambio. Entra en el edificio gris que está frente a él, un edificio sin carteles de ningún tipo. No interesa que los ciudadanos sepan lo que pasa tras sus muros. Saluda al recepcionista, que lo mira extrañado.&#xA;&#xA;—¿No estaba de vacaciones, doctor Soler?&#xA;&#xA;—Me parece que aquí nadie sabe lo que es eso —contesta Ricardo con una sonrisa triste.&#xA;&#xA;Pasa su tarjeta por el lector del ascensor y pulsa el botón del sótano cuatro. Cuando se abren las puertas lo recibe el familiar caos del Centro de Contención de Enfermedades, solo que multiplicado por mil. Una mujer que apenas llega al metro y medio de altura y de edad indeterminada se percata de su presencia y se acerca a él con una voluminosa carpeta bajo el brazo.&#xA;&#xA;—Me alegra verte, Ricardo —dice Beatriz—. Aunque sea en estas circunstancias.&#xA;&#xA;—No me fastidies, Bea, que no han pasado ni dos días y ya me estáis jodiendo las vacaciones. —Ricardo se fija en el mohín de disgusto de la que lleva siendo su enlace en el Centro de Contención de Enfermedades desde hace más años de los que recuerda, pero decide ignorarlo. Nunca le ha gustado que sea tan malhablado—. ¿Eso de ahí son las pruebas completas de los misioneros?&#xA;&#xA;Beatriz le tiende la carpeta, y mientras Ricardo la hojea lo pone al día.&#xA;&#xA;—Los cuatro sujetos comenzaron a encontrarse mal tras regresar de una visita a un poblado cercano. Siete días después, para ser exactos. Los síntomas que sufrían eran los habituales del ébola: dolor de cabeza, vómitos, diarrea. Ya sabes cómo va esto. Los trasladaron al hospital más cercano y les hicieron las pruebas pertinentes, que confirmaron la infección. El gobierno enseguida puso un avión medicalizado a disposición de los misioneros para traerlos a un hospital especializado lo antes posible, donde les realizamos análisis más exhaustivos.&#xA;&#xA;—Imagino que son los que me enviaste al correo —dice Ricardo, sin levantar la mirada de los papeles.&#xA;&#xA;—Imaginas bien. Ricardo, esta nueva variante, si es que se confirma que lo es, es muy peligrosa. Es tremendamente peligrosa.&#xA;&#xA;Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona inteligente, no hace falta repetirle las cosas dos veces. Cierra la carpeta y observa a Beatriz con atención.&#xA;&#xA;—Es más contagiosa que el ébola normal, por lo que he visto.&#xA;&#xA;—Lo es.&#xA;&#xA;—Y todo apunta a que su índice de mortalidad será aún mayor.&#xA;&#xA;—Mucho mayor.&#xA;&#xA;—Pero hay algo más, ¿verdad?&#xA;&#xA;Beatriz asiente con la cabeza. &#xA;&#xA;—Lo que voy a decirte no lo verás en ningún informe, Ricardo, porque no queremos que se filtre a la prensa de ninguna de las maneras.&#xA;&#xA;Ricardo está preocupado. Nunca, en todos los años que llevan trabajando juntos, ha visto así a Beatriz.&#xA;&#xA;—Te escucho.&#xA;&#xA;—De los cuatro misioneros, tres aún siguen mostrando síntomas visibles. Hay uno que casi seguro no lo va a contar. El problema está en el cuarto misionero. Ese se ha recuperado completamente.&#xA;&#xA;—No entiendo. Si se ha recuperado es una buena noticia.&#xA;&#xA;—Debería, pero no lo es. Le hemos realizado distintas pruebas para comprobar que ya estaba libre de la infección, pero el virus ha pasado a un estado latente. El muy hijo de puta casi se nos escapa, Ricardo. Pero sigue vivo, agazapado en el interior de su huésped sin dar muestras de enfermedad, dispuesto a dar la cara y transmitirse cuando menos lo esperemos.&#xA;&#xA;Ahora es Ricardo el que pone una mueca al oír a Beatriz hablar así. Ella, que siempre se expresa con la máxima corrección. Debe ser una variante muy jodida para que pierda los papeles de esa manera. &#xA;&#xA;—Entiendo. ¿Los resultados se han comprobado dos veces?&#xA;&#xA;—Tres. Y siempre arrojan los mismos datos. Ricardo, este virus podría suponer un enorme golpe para la humanidad. &#xA;&#xA;Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona pragmática. No pierde el tiempo en lamentarse, sabe que debe actuar con celeridad.&#xA;&#xA;—Imagino que están en el Hospital de Santa Elena.&#xA;&#xA;—En la planta de infecciosos. Pero ya están viniendo hacia aquí. En cuanto vimos a qué nos enfrentábamos me puse en contacto con el ministro de Sanidad y le hice ver la importancia de tratarlos en nuestras propias instalaciones. Llegarán en dos horas. &#xA;&#xA;Ricardo mira el reloj y asiente. Tiene tiempo de prepararse. Dirige un parco gesto de despedida a Beatriz y vuelve al ascensor. Baja una planta hasta el sótano menos cinco, el nivel más bajo del edificio. Sabe que allí es donde llevaran a los misioneros cuando lleguen. Avanza por un largo pasillo de un aséptico color blanco, iluminado por tubos fluorescentes cada pocos metros, y entra en el vestuario. Allí, ayudado por uno de los empleados del Centro de Contención de Enfermedades, se viste con un traje de plástico rojo de una sola pieza. El aliento empaña levemente la escafandra que cubre su cabeza. El empleado le coloca los guantes de protección y después conecta el oxigeno al traje. Ricardo mira el reloj de la pared. Aún queda una hora y media para que lleguen los misioneros, pero prefiere esperar. Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona puntual. Asiente al empleado, que abandona el vestuario sin pronunciar palabra.&#xA;&#xA;Ricardo observa los dos maletines que tiene ante él, sobre la mesa. Ambos son iguales, metálicos y de tamaño medio. Solo se diferencian en el color. Uno es azul, mientras que el otro es de un rojo vivo. Es su responsabilidad elegir uno. Ricardo piensa, como siempre, en la primera vez que tuvo que escoger con qué maletín iba a trabajar. Siempre es una decisión difícil. En aquella ocasión escogió el azul, pero esta vez sabe que será el rojo. Lo sabe desde el momento en que recibió la llamada de Beatriz, en lo que ahora le parece un tiempo muy lejano. Suspira, coloca el maletín en el suelo, entre sus pies, y se dispone a esperar.&#xA;&#xA;Una hora y cuarto después el mismo empleado que lo ayudó a vestirse asoma la cabeza.&#xA;&#xA;—Ya están aquí.&#xA;&#xA;El empleado observa que Ricardo tiene el maletín rojo en la mano, pero no dice nada. Ricardo asiente y se dirige a la puerta que comunica el vestuario con la habitación donde le esperan los cuatro misioneros.&#xA;&#xA;La habitación es amplia, contiene cuatro camas en línea y aún sobra espacio. Tres de los misioneros, que deben estar entre los sesenta y los setenta años, están de pie, charlando. Uno de ellos ha dejado atrás la enfermedad —aunque sigue siendo portador del virus, recuerda Ricardo—, y los otros dos no han desarrollado síntomas graves. Al menos aún. La cama del fondo está ocupada por otro hombre. Su aspecto es mucho peor que el de sus compañeros. Está conectado a una bombona de oxígeno y tiene los ojos entrecerrados, pero parece que está despierto. Cuando Ricardo entra se vuelven hacia él.&#xA;&#xA;—¿Es usted el médico que nos va a tratar? —dice uno de ellos—. Apenas nos han contado nada durante el trayecto.&#xA;&#xA;Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona honesta. Pero hoy no. Hoy no lo es en absoluto. Deja el maletín sobre una mesa auxiliar que hay junto a la puerta y sonríe a través de la escafandra.&#xA;&#xA;—Eso mismo. Soy el doctor Soler, es un placer conocerlos. Como ya sabrán se encuentran en el Centro de Contención de Enfermedades. Aquí los ayudaremos a recuperarse. Espero que en unos días puedan abandonar las instalaciones. &#xA;&#xA;—¿Y el hermano Alfonso? —dice el que ha hablado antes mientras señala al ocupante de la cama—. ¿Cree que saldrá adelante?&#xA;&#xA;—Haremos todo lo posible, pero estoy seguro de que será así.&#xA;&#xA;—Con la ayuda de Dios —dice el misionero.&#xA;&#xA;Ricardo dibuja una sonrisa triste en su cara. Demasiado bien sabe que Dios no tiene cabida entre esas paredes.&#xA;&#xA;—Con la ayuda de Dios, por supuesto. —Mientras dice eso coloca el maletín frente a él y abre los cierres—. Ahora les voy a tomar unas muestras de sangre para evaluar su estado de salud.&#xA;&#xA;—¿Otra vez? Nos han sacado sangre hoy mismo.&#xA;&#xA;—Es el procedimiento habitual, no deben preocuparse. Haremos esto más de una vez durante los próximos días.&#xA;&#xA;Mientras abre la tapa Ricardo piensa en el otro maletín, el de color azul, que se encuentra en el vestuario donde se puso el traje de protección, al otro lado de la puerta. El maletín que contiene las jeringuillas y viales para sacar sangre a los pacientes. No se arrepiente de la decisión que ha tomado. Al fin y al cabo, la tarea del Centro de Contención de Enfermedades es, como su propio nombre indica, contener las enfermedades. Contenerlas por todos los medios necesarios. Y esta nueva variante del ébola es demasiado incontrolable como para intentar atajarla. A veces es necesario cortar el problema de raíz. Ricardo coloca el maletín entre él y los misioneros, de forma que la tapa del mismo oculte su contenido. Coge la pistola semiautomática de su interior y enrosca el silenciador en el cañón. Sabe que está cargada y en perfecto estado. Lo sabe porque él mismo se encarga de su mantenimiento. Dirige una última mirada a los misioneros y quita el seguro de la pistola.&#xA;&#xA;***&#xA;&#xA;Diez minutos más tarde Ricardo sale de la habitación y entra en el vestuario. Ahora debe pasar por el tedioso proceso de esterilización del traje, hasta tener la completa seguridad de que no hay rastro del virus fuera de la habitación. Pero primero tiene que informar. Porque si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona responsable. Aunque sabe que sus superiores lo han visto todo a través del circuito cerrado de televisión, él tiene que informar. Se acerca a la pared y pulsa el botón del intercomunicador que hay junto a la puerta. Suena un tono y después se queda en silencio.&#xA;&#xA;—Al habla el doctor Soler. La enfermedad ha sido contenida. &#xA;&#xA;No hay respuesta, pero Ricardo tampoco la espera. Ni la necesita. Porque si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es un perfecto hijo de puta. &#xA;&#xA;---&#xD;&#xA;© Carlos Fernández. Esta obra está bajo licencia a href=&#34;https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/&#34;CC BY-NC-ND 4.0/aimg src=&#34;https://mirrors.creativecommons.org/presskit/icons/cc.svg&#34; alt=&#34;&#34; style=&#34;max-width: 1em;max-height:1em;margin-left: .2em;&#34;img src=&#34;https://mirrors.creativecommons.org/presskit/icons/by.svg&#34; alt=&#34;&#34; style=&#34;max-width: 1em;max-height:1em;margin-left: .2em;&#34;img src=&#34;https://mirrors.creativecommons.org/presskit/icons/nc.svg&#34; alt=&#34;&#34; style=&#34;max-width: 1em;max-height:1em;margin-left: .2em;&#34;img src=&#34;https://mirrors.creativecommons.org/presskit/icons/nd.svg&#34; alt=&#34;&#34; style=&#34;max-width: 1em;max-height:1em;margin-left: .2em;&#34;&#xD;&#xA;&#xD;&#xA;Si quieres dejar un comentario, puedes encontrarme en Mastodon.]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona pulcra y ordenada. Pero este fin de semana no lo es. No lo es ni mucho menos. Este fin de semana ha comenzado sus vacaciones y necesita desfogarse. La habitación de hotel en la que duerme está hecha un desastre, la ropa de cama tirada por el suelo y su vestimenta esparcida de cualquier manera. En la mesa de centro del pequeño salón que acompaña la estancia hay dos rayas de cocaína perfectamente alineadas en una bandeja metálica. Junto a ella dos copas, una de ellas utilizada como cenicero, contienen un líquido ambar.</p>

<p>Un teléfono móvil suena. Ricardo abre los ojos mientras un millar de agujas se clavan en su cerebro. Mira a su lado, en la cama, y solo ve un espacio vacío que aún conserva la forma de un cuerpo de mujer. El teléfono sigue sonando. Ricardo reconoce el tono de llamada, es el móvil del trabajo. Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona responsable. Sabe que, aún estando de vacaciones, no puede rechazar esa llamada. Ignorando el dolor de cabeza y venciendo una súbita arcada se levanta y busca a tientas bajo el edredón, que yace en el suelo como si fuese una alfombra, siguiendo el sonido.</p>

<p>—Ricardo Soler al habla —dice cuando por fin lo encuentra y pulsa el botón verde de la pantalla. Escucha unos segundos con atención y después vuelve a hablar—. Solo llevo dos días de vacaciones. ¿No puede encargarse otro? —Más silencio—. Entiendo, estaré allí lo antes posible.</p>

<p>Cuelga el teléfono y se dirige al armario. Coge la maleta y mete en ella toda su ropa. Está bastante seguro de que se deja algo olvidado, pero no es momento de ponerse a buscar calcetines detrás del sofá. Lo que no perdona es el café y la ducha. Prevé un día intenso, y necesita ambas cosas como el respirar. Tras liquidar la cuenta de la habitación sale a la calle y coge un taxi.</p>

<p>—Calle Benavente diez, por favor —le dice al taxista, que por fortuna no parece tener ganas de charla.</p>

<p>Y mejor así, porque Ricardo tiene que trabajar. Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona concienzuda. Abre el portátil e introduce su contraseña. El correo que Beatriz le ha enviado lo está esperando en la bandeja de entrada. El asunto del mensaje no puede ser más sombrío: «Posible nueva variante del ébola». Comienza a leer, y su rostro va perdiendo el color a medida que pasan las líneas. Descarga los archivos adjuntos, que resultan ser las analíticas de los cuatro misioneros españoles contagiados. Ricardo las estudia con preocupacion. Todo indica que se trata de una variante grave. Muy grave. Extremadamente contagiosa y extremadamente mortal. Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona que sabe conservar la calma, pero ahora está nervioso. Si esa nueva cepa se extiende puede provocar una pandemia que dejaría el covid como un simple resfriado. Cierra el portátil y se quita las gafas. Se masajea con el índice y el pulgar el puente de la nariz. Daría lo que fuera por un analgésico para mitigar aunque fuese un poco ese terrible dolor de cabeza. La voz del taxista lo trae de vuelta a la realidad.</p>

<p>—Ya hemos llegado. Benavente diez.</p>

<p>Ricardo paga con un billete de cincuenta y no se molesta en coger el cambio. Entra en el edificio gris que está frente a él, un edificio sin carteles de ningún tipo. No interesa que los ciudadanos sepan lo que pasa tras sus muros. Saluda al recepcionista, que lo mira extrañado.</p>

<p>—¿No estaba de vacaciones, doctor Soler?</p>

<p>—Me parece que aquí nadie sabe lo que es eso —contesta Ricardo con una sonrisa triste.</p>

<p>Pasa su tarjeta por el lector del ascensor y pulsa el botón del sótano cuatro. Cuando se abren las puertas lo recibe el familiar caos del Centro de Contención de Enfermedades, solo que multiplicado por mil. Una mujer que apenas llega al metro y medio de altura y de edad indeterminada se percata de su presencia y se acerca a él con una voluminosa carpeta bajo el brazo.</p>

<p>—Me alegra verte, Ricardo —dice Beatriz—. Aunque sea en estas circunstancias.</p>

<p>—No me fastidies, Bea, que no han pasado ni dos días y ya me estáis jodiendo las vacaciones. —Ricardo se fija en el mohín de disgusto de la que lleva siendo su enlace en el Centro de Contención de Enfermedades desde hace más años de los que recuerda, pero decide ignorarlo. Nunca le ha gustado que sea tan malhablado—. ¿Eso de ahí son las pruebas completas de los misioneros?</p>

<p>Beatriz le tiende la carpeta, y mientras Ricardo la hojea lo pone al día.</p>

<p>—Los cuatro sujetos comenzaron a encontrarse mal tras regresar de una visita a un poblado cercano. Siete días después, para ser exactos. Los síntomas que sufrían eran los habituales del ébola: dolor de cabeza, vómitos, diarrea. Ya sabes cómo va esto. Los trasladaron al hospital más cercano y les hicieron las pruebas pertinentes, que confirmaron la infección. El gobierno enseguida puso un avión medicalizado a disposición de los misioneros para traerlos a un hospital especializado lo antes posible, donde les realizamos análisis más exhaustivos.</p>

<p>—Imagino que son los que me enviaste al correo —dice Ricardo, sin levantar la mirada de los papeles.</p>

<p>—Imaginas bien. Ricardo, esta nueva variante, si es que se confirma que lo es, es muy peligrosa. Es <em>tremendamente</em> peligrosa.</p>

<p>Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona inteligente, no hace falta repetirle las cosas dos veces. Cierra la carpeta y observa a Beatriz con atención.</p>

<p>—Es más contagiosa que el ébola normal, por lo que he visto.</p>

<p>—Lo es.</p>

<p>—Y todo apunta a que su índice de mortalidad será aún mayor.</p>

<p>—Mucho mayor.</p>

<p>—Pero hay algo más, ¿verdad?</p>

<p>Beatriz asiente con la cabeza.</p>

<p>—Lo que voy a decirte no lo verás en ningún informe, Ricardo, porque no queremos que se filtre a la prensa de ninguna de las maneras.</p>

<p>Ricardo está preocupado. Nunca, en todos los años que llevan trabajando juntos, ha visto así a Beatriz.</p>

<p>—Te escucho.</p>

<p>—De los cuatro misioneros, tres aún siguen mostrando síntomas visibles. Hay uno que casi seguro no lo va a contar. El problema está en el cuarto misionero. Ese se ha recuperado completamente.</p>

<p>—No entiendo. Si se ha recuperado es una buena noticia.</p>

<p>—Debería, pero no lo es. Le hemos realizado distintas pruebas para comprobar que ya estaba libre de la infección, pero el virus ha pasado a un estado latente. El muy hijo de puta casi se nos escapa, Ricardo. Pero sigue vivo, agazapado en el interior de su huésped sin dar muestras de enfermedad, dispuesto a dar la cara y transmitirse cuando menos lo esperemos.</p>

<p>Ahora es Ricardo el que pone una mueca al oír a Beatriz hablar así. Ella, que siempre se expresa con la máxima corrección. Debe ser una variante muy jodida para que pierda los papeles de esa manera.</p>

<p>—Entiendo. ¿Los resultados se han comprobado dos veces?</p>

<p>—Tres. Y siempre arrojan los mismos datos. Ricardo, este virus podría suponer un enorme golpe para la humanidad.</p>

<p>Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona pragmática. No pierde el tiempo en lamentarse, sabe que debe actuar con celeridad.</p>

<p>—Imagino que están en el Hospital de Santa Elena.</p>

<p>—En la planta de infecciosos. Pero ya están viniendo hacia aquí. En cuanto vimos a qué nos enfrentábamos me puse en contacto con el ministro de Sanidad y le hice ver la importancia de tratarlos en nuestras propias instalaciones. Llegarán en dos horas.</p>

<p>Ricardo mira el reloj y asiente. Tiene tiempo de prepararse. Dirige un parco gesto de despedida a Beatriz y vuelve al ascensor. Baja una planta hasta el sótano menos cinco, el nivel más bajo del edificio. Sabe que allí es donde llevaran a los misioneros cuando lleguen. Avanza por un largo pasillo de un aséptico color blanco, iluminado por tubos fluorescentes cada pocos metros, y entra en el vestuario. Allí, ayudado por uno de los empleados del Centro de Contención de Enfermedades, se viste con un traje de plástico rojo de una sola pieza. El aliento empaña levemente la escafandra que cubre su cabeza. El empleado le coloca los guantes de protección y después conecta el oxigeno al traje. Ricardo mira el reloj de la pared. Aún queda una hora y media para que lleguen los misioneros, pero prefiere esperar. Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona puntual. Asiente al empleado, que abandona el vestuario sin pronunciar palabra.</p>

<p>Ricardo observa los dos maletines que tiene ante él, sobre la mesa. Ambos son iguales, metálicos y de tamaño medio. Solo se diferencian en el color. Uno es azul, mientras que el otro es de un rojo vivo. Es su responsabilidad elegir uno. Ricardo piensa, como siempre, en la primera vez que tuvo que escoger con qué maletín iba a trabajar. Siempre es una decisión difícil. En aquella ocasión escogió el azul, pero esta vez sabe que será el rojo. Lo sabe desde el momento en que recibió la llamada de Beatriz, en lo que ahora le parece un tiempo muy lejano. Suspira, coloca el maletín en el suelo, entre sus pies, y se dispone a esperar.</p>

<p>Una hora y cuarto después el mismo empleado que lo ayudó a vestirse asoma la cabeza.</p>

<p>—Ya están aquí.</p>

<p>El empleado observa que Ricardo tiene el maletín rojo en la mano, pero no dice nada. Ricardo asiente y se dirige a la puerta que comunica el vestuario con la habitación donde le esperan los cuatro misioneros.</p>

<p>La habitación es amplia, contiene cuatro camas en línea y aún sobra espacio. Tres de los misioneros, que deben estar entre los sesenta y los setenta años, están de pie, charlando. Uno de ellos ha dejado atrás la enfermedad —aunque sigue siendo portador del virus, recuerda Ricardo—, y los otros dos no han desarrollado síntomas graves. Al menos aún. La cama del fondo está ocupada por otro hombre. Su aspecto es mucho peor que el de sus compañeros. Está conectado a una bombona de oxígeno y tiene los ojos entrecerrados, pero parece que está despierto. Cuando Ricardo entra se vuelven hacia él.</p>

<p>—¿Es usted el médico que nos va a tratar? —dice uno de ellos—. Apenas nos han contado nada durante el trayecto.</p>

<p>Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona honesta. Pero hoy no. Hoy no lo es en absoluto. Deja el maletín sobre una mesa auxiliar que hay junto a la puerta y sonríe a través de la escafandra.</p>

<p>—Eso mismo. Soy el doctor Soler, es un placer conocerlos. Como ya sabrán se encuentran en el Centro de Contención de Enfermedades. Aquí los ayudaremos a recuperarse. Espero que en unos días puedan abandonar las instalaciones.</p>

<p>—¿Y el hermano Alfonso? —dice el que ha hablado antes mientras señala al ocupante de la cama—. ¿Cree que saldrá adelante?</p>

<p>—Haremos todo lo posible, pero estoy seguro de que será así.</p>

<p>—Con la ayuda de Dios —dice el misionero.</p>

<p>Ricardo dibuja una sonrisa triste en su cara. Demasiado bien sabe que Dios no tiene cabida entre esas paredes.</p>

<p>—Con la ayuda de Dios, por supuesto. —Mientras dice eso coloca el maletín frente a él y abre los cierres—. Ahora les voy a tomar unas muestras de sangre para evaluar su estado de salud.</p>

<p>—¿Otra vez? Nos han sacado sangre hoy mismo.</p>

<p>—Es el procedimiento habitual, no deben preocuparse. Haremos esto más de una vez durante los próximos días.</p>

<p>Mientras abre la tapa Ricardo piensa en el otro maletín, el de color azul, que se encuentra en el vestuario donde se puso el traje de protección, al otro lado de la puerta. El maletín que contiene las jeringuillas y viales para sacar sangre a los pacientes. No se arrepiente de la decisión que ha tomado. Al fin y al cabo, la tarea del Centro de Contención de Enfermedades es, como su propio nombre indica, contener las enfermedades. Contenerlas por todos los medios necesarios. Y esta nueva variante del ébola es demasiado incontrolable como para intentar atajarla. A veces es necesario cortar el problema de raíz. Ricardo coloca el maletín entre él y los misioneros, de forma que la tapa del mismo oculte su contenido. Coge la pistola semiautomática de su interior y enrosca el silenciador en el cañón. Sabe que está cargada y en perfecto estado. Lo sabe porque él mismo se encarga de su mantenimiento. Dirige una última mirada a los misioneros y quita el seguro de la pistola.</p>

<p>***</p>

<p>Diez minutos más tarde Ricardo sale de la habitación y entra en el vestuario. Ahora debe pasar por el tedioso proceso de esterilización del traje, hasta tener la completa seguridad de que no hay rastro del virus fuera de la habitación. Pero primero tiene que informar. Porque si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona responsable. Aunque sabe que sus superiores lo han visto todo a través del circuito cerrado de televisión, él tiene que informar. Se acerca a la pared y pulsa el botón del intercomunicador que hay junto a la puerta. Suena un tono y después se queda en silencio.</p>

<p>—Al habla el doctor Soler. La enfermedad ha sido contenida.</p>

<p>No hay respuesta, pero Ricardo tampoco la espera. Ni la necesita. Porque si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es un perfecto hijo de puta.</p>

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<p>© Carlos Fernández. Esta obra está bajo licencia <a href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/" rel="nofollow">CC BY-NC-ND 4.0</a><img src="https://mirrors.creativecommons.org/presskit/icons/cc.svg" alt="" style="max-width: 1em;max-height:1em;margin-left: .2em;"><img src="https://mirrors.creativecommons.org/presskit/icons/by.svg" alt="" style="max-width: 1em;max-height:1em;margin-left: .2em;"><img src="https://mirrors.creativecommons.org/presskit/icons/nc.svg" alt="" style="max-width: 1em;max-height:1em;margin-left: .2em;"><img src="https://mirrors.creativecommons.org/presskit/icons/nd.svg" alt="" style="max-width: 1em;max-height:1em;margin-left: .2em;"></p>

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      <guid>https://sopadeletras.club/hic-sunt-stories/lo-que-hay-que-hacer</guid>
      <pubDate>Tue, 14 Jul 2026 18:01:45 +0200</pubDate>
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      <title>El cuello del rey</title>
      <link>https://sopadeletras.club/hic-sunt-stories/el-cuello-del-rey</link>
      <description>&lt;![CDATA[El rey no tenía cuello. Hacía ya demasiado tiempo que el peso de la corona había hundido su cabeza en el hueco que dejaban los hombros, formando dos esferas unidas entre sí. Una de esas esferas, la más pequeña, era la cabeza; la otra era su torso, deformado debido a los banquetes que encadenaba noche tras noche. Sus súbditos lo llamaban de forma despectiva «muñeco de nieve» (aunque en Lur no habían visto la nieve en décadas). Y es que el rey Harald no era un rey querido. Deseado sí, porque tras tantos años de cruel tiranía de Alais el Usurpador cualquier cambio era bueno. Pero querido no. Ni mucho menos.&#xA;&#xA;Harald, no obstante, tenía cosas buenas. Era un rey madrugador. Pese a permanecer hasta altas horas de la noche en el salón de banquetes, borracho, rodeado de nobles aduladores y hermosas bailarinas —junto a alguna de las cuales solía amanecer al día siguiente, para gran disgusto de la reina Brunilda—, siempre se levantaba al alba, sin necesidad de ser llamado por su ayuda de cámara. Bien es cierto que no lo hacía para tratar los distintos asuntos y problemas del reino, que no eran pocos, sino para ir de cacería a alguno de los numerosos bosques que lo rodeaban. Pero madrugar madrugaba, eso nadie se lo podía negar.&#xA;&#xA;Harald tenía un hijo, el príncipe Tercero, que era el heredero al trono. Sus dos hermanas mayores, la princesa Primera y la princesa Segunda, no podían reinar por el mero hecho de haber nacido mujeres, algo que regocijaba sobremanera al príncipe Tercero. Pensaba que así se evitaría llegar al poder como lo hizo su padre. Este, siendo joven, hirió con una espada roma a su hermano y legítimo heredero al trono durante una de sus clases de esgrima. Fue apenas un rasguño, debido a lo embotado del filo, pero la herida se infectó y acabó con la vida del pobre muchacho en apenas unos días, tras pasar unas fiebres terribles. De esta manera Harald fue coronado, y aunque en el reino nadie lo comentaba en voz alta, todos sabían que el filo de la espada había sido sumergido en el venenoso jugo de la raíz de belladona negra, que crecía en lo más profundo de las cuevas de los bosques del reino, en los que Harald pasaba gran parte del tiempo jugando y explorando.&#xA;&#xA;Tercero fue la tercera víctima de la pobre imaginación de su padre para elegir los nombres de sus hijos. Estaba demasiado atareado entre cacerías y amantes para elegir algo tan nimio como un nombre para sus retoños. La reina Brunilda quiso elegir el nombre de sus dos primeras hijas, espantada ante la idea del rey de llamarlas Primera y Segunda, pero solo consiguió hacer enfadar a Harald. La responsabilidad de la mujer acababa cuando daba a luz, decía. Después de eso era el marido el que debía tomar las decisiones. Y si eso incluía llamar a su hija Primera, bien estaba. Como si decidía llamarla Imbécil, faltaría más. Las dos princesas crecieron terriblemente acomplejadas por los nombres que su padre había elegido. Tercero, en cambio, lo aceptó con naturalidad. Cuando tuvo edad para razonar y comprendió que algún día reinaría sobre todo Lur, se dio cuenta de que el nombre era lo de menos: lo importante era estar preparado para ejercer como rey, se llamara como se llamase.&#xA;&#xA;Para sorpresa de la corte, siendo joven pidió a su padre permiso para entrar a formar parte del ejército de la ciudad. Quería comprender cómo vivían y sufrían los hombres que defendían el reino. También comenzó a estudiar con distintos maestros, todos ellos sobresalientes en sus campos, hasta que por fin el pueblo comenzó a llamarlo Tercero el Dispuesto, porque siempre estaba presto a aprender y mejorar sus dotes como futuro gobernante.&#xA;&#xA;Ese momento llegó mucho antes de lo que el príncipe Tercero ni nadie en el reino pudiese imaginar. Durante una de las tantas cacerías en las que el rey Harald participaba, un cachorro de tigrelobo apareció frente a los jinetes. Los tigrelobos eran unas criaturas casi extintas, y las gentes de Lur las tenían en gran consideración, ya que la leyenda contaba que mientras uno solo de esos animales existiese, Lur jamás caería. La compañía de cazadores se detuvo ante el pequeño animal. Decidieron esperar en silencio a que su madre, que sin duda andaba por allí cerca, apareciese para llevar a su retoño a la cueva donde tuviese su madriguera. Pero en ese momento el rey Harald, ahíto de vino y gritando como un poseso, apareció a galope tendido desde la retaguardia de la fila de jinetes, sosteniéndose en precario equilibrio sobre su montura. En su brazo derecho portaba una larga lanza que agitaba sin cesar, como si estuviese dispuesto a arrojarla contra el primero que se interpusiese en su camino. Todos se hicieron a un lado para dejar paso al rey, y finalmente este se plantó solo delante del pequeño tigrelobo. Detuvo el caballo entre una nube de polvo, alzó el brazo de la lanza y la arrojó hacia el animal, que cayó al suelo ensartado de lado a lado. Entre los cazadores que acompañaban al rey se hizo el silencio más absoluto. Solo Harald gritaba sin cesar que había cazado a un tigrelobo. En el éxtasis del momento, ordenó a sus hombres que se llevasen a la criatura a palacio para que su cabeza adornase el salón del trono.&#xA;&#xA;Lur era una ciudad muy grande, pero los rumores corrían veloces. Pronto todos sus habitantes se enteraron de lo sucedido, y la antipatía que sentían hacia Harald se acentuó. En cada aparición pública de su rey lo abucheaban sin piedad, y pronto se empezaron a escuchar voces que pedían su abdicación. Finalmente, acosado por su pueblo y aconsejado por los más ancianos miembros de la corte, Harald publicó un bando pidiendo perdón por haber matado al tigrelobo, y anunciando que abdicaba en favor del príncipe Tercero.&#xA;&#xA;El día de la coronación amaneció nublado. El que muy pronto dejaría de ser el rey Harald pensó que el mismo cielo quería acompañarlo así en ese triste trance que se veía obligado a pasar. Y todo por una estúpida cría de tigrelobo. Sacudió la cabeza para alejar esos funestos pensamientos y miró hacia su hijo, sentado en el trono y preparado para recibir la corona real, entre el jolgorio y el alborozo del pueblo. Lo quieren a él más que a mí, iba pensando Harald mientras se quitaba la corona. Cuando lo hizo el cuello, hundido por el peso de la misma, surgió de su torso como un resorte, haciendo que Harald se sintiese extraño. Demasiados años soportando esa carga, pensó, y qué poco se lo habían agradecido. A él, que había librado a Lur de las garras de Alais el Usurpador. Colocó la corona sobre la cabeza de su hijo, que inmediatamente se hundió unos centímetros entre sus hombros. El que desde ese momento sería conocido como Tercero I el Dispuesto recibió el aplauso más estruendoso que jamás se había escuchado en el salón del trono. Pero de fondo se oía algo más. Harald aguzó el oído y alcanzó a escuchar un tsss-chas rítmico, como un silbido seguido de algo muy pesado cayendo de golpe. Poco a poco los aplausos se fueron apagando, pero el tsss-chas se escuchaba aún. Quizá incluso más alto que antes. Harald miró alrededor, sorprendido al ver que nadie parecía advertirlo. El tsss-chas resonaba ya por todo el salón del trono, y justo cuando Harald pensó que se volvería loco, se detuvo. Se quitó las manos de los oídos y caminó hacia la salida entre los habitantes de Lur allí reunidos. Todos estaban inmóviles, mirándolo en completo silencio. Cuando Harald llegó a la puerta de salida se dio cuenta de que no podía pasar; una enorme guillotina estaba bloqueando el paso. Con espanto en la mirada y una película de sudor frío cubriendo su frente vio cómo la hoja reluciente subía hasta el punto más alto con un silbido, tsss. Entonces advirtió que su recién estrenado cuello se encontraba sujeto por el cepo, y sus manos aprisionadas. El mecanismo se liberó y la hoja cayó con un sonoro chas.&#xA;&#xA;***&#xA;&#xA;Abrió los ojos, desconcertado. El mundo a su alrededor estaba a oscuras. ¿Dónde estaba, qué había sido de él? Se llevó las manos al cuello y sonrió doblemente. Primero porque tenía uno, y segundo porque estaba de una sola pieza. Un toc-toc resonó en la oscuridad, y un rectángulo de luz apareció de la nada.&#xA;&#xA;—Papá, es tarde, deberías levantarte ya.&#xA;&#xA;Una voz de mujer lo llamaba. Era su hija, Primera. Se detuvo un momento, pensativo. ¿De dónde había salido ese nombre? Elena. Su hija mayor se llamaba Elena, no Primera. Menudo nombre absurdo sería ese.&#xA;&#xA;—¿Papá?&#xA;&#xA;—Perdona, Elena, enseguida me levanto.&#xA;&#xA;—Date prisa, hoy tienes regata.&#xA;&#xA;Juan Carlos sonrió de nuevo. Se levantó despacio, la edad no perdonaba. Se vistió y salió de la habitación. Justo cuando iba a cerrar la puerta le pareció escuchar algo. Como un tsss-chas lejano. Miró dentro de la habitación, pero el ruido no se repitió. Decidió no darle importancia y cerró la puerta, aunque no pudo evitar que un escalofrío recorriese su espalda cuando, lentamente, comenzó a bajar las escaleras.&#xA;&#xA;---&#xD;&#xA;© Carlos Fernández. Esta obra está bajo licencia a href=&#34;https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/&#34;CC BY-NC-ND 4.0/aimg src=&#34;https://mirrors.creativecommons.org/presskit/icons/cc.svg&#34; alt=&#34;&#34; style=&#34;max-width: 1em;max-height:1em;margin-left: .2em;&#34;img src=&#34;https://mirrors.creativecommons.org/presskit/icons/by.svg&#34; alt=&#34;&#34; style=&#34;max-width: 1em;max-height:1em;margin-left: .2em;&#34;img src=&#34;https://mirrors.creativecommons.org/presskit/icons/nc.svg&#34; alt=&#34;&#34; style=&#34;max-width: 1em;max-height:1em;margin-left: .2em;&#34;img src=&#34;https://mirrors.creativecommons.org/presskit/icons/nd.svg&#34; alt=&#34;&#34; style=&#34;max-width: 1em;max-height:1em;margin-left: .2em;&#34;&#xD;&#xA;&#xD;&#xA;Si quieres dejar un comentario, puedes encontrarme en Mastodon.]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>El rey no tenía cuello. Hacía ya demasiado tiempo que el peso de la corona había hundido su cabeza en el hueco que dejaban los hombros, formando dos esferas unidas entre sí. Una de esas esferas, la más pequeña, era la cabeza; la otra era su torso, deformado debido a los banquetes que encadenaba noche tras noche. Sus súbditos lo llamaban de forma despectiva «muñeco de nieve» (aunque en Lur no habían visto la nieve en décadas). Y es que el rey Harald no era un rey querido. Deseado sí, porque tras tantos años de cruel tiranía de Alais el Usurpador cualquier cambio era bueno. Pero querido no. Ni mucho menos.</p>

<p>Harald, no obstante, tenía cosas buenas. Era un rey madrugador. Pese a permanecer hasta altas horas de la noche en el salón de banquetes, borracho, rodeado de nobles aduladores y hermosas bailarinas —junto a alguna de las cuales solía amanecer al día siguiente, para gran disgusto de la reina Brunilda—, siempre se levantaba al alba, sin necesidad de ser llamado por su ayuda de cámara. Bien es cierto que no lo hacía para tratar los distintos asuntos y problemas del reino, que no eran pocos, sino para ir de cacería a alguno de los numerosos bosques que lo rodeaban. Pero madrugar madrugaba, eso nadie se lo podía negar.</p>

<p>Harald tenía un hijo, el príncipe Tercero, que era el heredero al trono. Sus dos hermanas mayores, la princesa Primera y la princesa Segunda, no podían reinar por el mero hecho de haber nacido mujeres, algo que regocijaba sobremanera al príncipe Tercero. Pensaba que así se evitaría llegar al poder como lo hizo su padre. Este, siendo joven, hirió con una espada roma a su hermano y legítimo heredero al trono durante una de sus clases de esgrima. Fue apenas un rasguño, debido a lo embotado del filo, pero la herida se infectó y acabó con la vida del pobre muchacho en apenas unos días, tras pasar unas fiebres terribles. De esta manera Harald fue coronado, y aunque en el reino nadie lo comentaba en voz alta, todos sabían que el filo de la espada había sido sumergido en el venenoso jugo de la raíz de belladona negra, que crecía en lo más profundo de las cuevas de los bosques del reino, en los que Harald pasaba gran parte del tiempo jugando y explorando.</p>

<p>Tercero fue la tercera víctima de la pobre imaginación de su padre para elegir los nombres de sus hijos. Estaba demasiado atareado entre cacerías y amantes para elegir algo tan nimio como un nombre para sus retoños. La reina Brunilda quiso elegir el nombre de sus dos primeras hijas, espantada ante la idea del rey de llamarlas Primera y Segunda, pero solo consiguió hacer enfadar a Harald. La responsabilidad de la mujer acababa cuando daba a luz, decía. Después de eso era el marido el que debía tomar las decisiones. Y si eso incluía llamar a su hija Primera, bien estaba. Como si decidía llamarla Imbécil, faltaría más. Las dos princesas crecieron terriblemente acomplejadas por los nombres que su padre había elegido. Tercero, en cambio, lo aceptó con naturalidad. Cuando tuvo edad para razonar y comprendió que algún día reinaría sobre todo Lur, se dio cuenta de que el nombre era lo de menos: lo importante era estar preparado para ejercer como rey, se llamara como se llamase.</p>

<p>Para sorpresa de la corte, siendo joven pidió a su padre permiso para entrar a formar parte del ejército de la ciudad. Quería comprender cómo vivían y sufrían los hombres que defendían el reino. También comenzó a estudiar con distintos maestros, todos ellos sobresalientes en sus campos, hasta que por fin el pueblo comenzó a llamarlo Tercero el Dispuesto, porque siempre estaba presto a aprender y mejorar sus dotes como futuro gobernante.</p>

<p>Ese momento llegó mucho antes de lo que el príncipe Tercero ni nadie en el reino pudiese imaginar. Durante una de las tantas cacerías en las que el rey Harald participaba, un cachorro de tigrelobo apareció frente a los jinetes. Los tigrelobos eran unas criaturas casi extintas, y las gentes de Lur las tenían en gran consideración, ya que la leyenda contaba que mientras uno solo de esos animales existiese, Lur jamás caería. La compañía de cazadores se detuvo ante el pequeño animal. Decidieron esperar en silencio a que su madre, que sin duda andaba por allí cerca, apareciese para llevar a su retoño a la cueva donde tuviese su madriguera. Pero en ese momento el rey Harald, ahíto de vino y gritando como un poseso, apareció a galope tendido desde la retaguardia de la fila de jinetes, sosteniéndose en precario equilibrio sobre su montura. En su brazo derecho portaba una larga lanza que agitaba sin cesar, como si estuviese dispuesto a arrojarla contra el primero que se interpusiese en su camino. Todos se hicieron a un lado para dejar paso al rey, y finalmente este se plantó solo delante del pequeño tigrelobo. Detuvo el caballo entre una nube de polvo, alzó el brazo de la lanza y la arrojó hacia el animal, que cayó al suelo ensartado de lado a lado. Entre los cazadores que acompañaban al rey se hizo el silencio más absoluto. Solo Harald gritaba sin cesar que había cazado a un tigrelobo. En el éxtasis del momento, ordenó a sus hombres que se llevasen a la criatura a palacio para que su cabeza adornase el salón del trono.</p>

<p>Lur era una ciudad muy grande, pero los rumores corrían veloces. Pronto todos sus habitantes se enteraron de lo sucedido, y la antipatía que sentían hacia Harald se acentuó. En cada aparición pública de su rey lo abucheaban sin piedad, y pronto se empezaron a escuchar voces que pedían su abdicación. Finalmente, acosado por su pueblo y aconsejado por los más ancianos miembros de la corte, Harald publicó un bando pidiendo perdón por haber matado al tigrelobo, y anunciando que abdicaba en favor del príncipe Tercero.</p>

<p>El día de la coronación amaneció nublado. El que muy pronto dejaría de ser el rey Harald pensó que el mismo cielo quería acompañarlo así en ese triste trance que se veía obligado a pasar. Y todo por una estúpida cría de tigrelobo. Sacudió la cabeza para alejar esos funestos pensamientos y miró hacia su hijo, sentado en el trono y preparado para recibir la corona real, entre el jolgorio y el alborozo del pueblo. Lo quieren a él más que a mí, iba pensando Harald mientras se quitaba la corona. Cuando lo hizo el cuello, hundido por el peso de la misma, surgió de su torso como un resorte, haciendo que Harald se sintiese extraño. Demasiados años soportando esa carga, pensó, y qué poco se lo habían agradecido. A él, que había librado a Lur de las garras de Alais el Usurpador. Colocó la corona sobre la cabeza de su hijo, que inmediatamente se hundió unos centímetros entre sus hombros. El que desde ese momento sería conocido como Tercero I el Dispuesto recibió el aplauso más estruendoso que jamás se había escuchado en el salón del trono. Pero de fondo se oía algo más. Harald aguzó el oído y alcanzó a escuchar un tsss-chas rítmico, como un silbido seguido de algo muy pesado cayendo de golpe. Poco a poco los aplausos se fueron apagando, pero el tsss-chas se escuchaba aún. Quizá incluso más alto que antes. Harald miró alrededor, sorprendido al ver que nadie parecía advertirlo. El tsss-chas resonaba ya por todo el salón del trono, y justo cuando Harald pensó que se volvería loco, se detuvo. Se quitó las manos de los oídos y caminó hacia la salida entre los habitantes de Lur allí reunidos. Todos estaban inmóviles, mirándolo en completo silencio. Cuando Harald llegó a la puerta de salida se dio cuenta de que no podía pasar; una enorme guillotina estaba bloqueando el paso. Con espanto en la mirada y una película de sudor frío cubriendo su frente vio cómo la hoja reluciente subía hasta el punto más alto con un silbido, tsss. Entonces advirtió que su recién estrenado cuello se encontraba sujeto por el cepo, y sus manos aprisionadas. El mecanismo se liberó y la hoja cayó con un sonoro chas.</p>

<p>***</p>

<p>Abrió los ojos, desconcertado. El mundo a su alrededor estaba a oscuras. ¿Dónde estaba, qué había sido de él? Se llevó las manos al cuello y sonrió doblemente. Primero porque tenía uno, y segundo porque estaba de una sola pieza. Un toc-toc resonó en la oscuridad, y un rectángulo de luz apareció de la nada.</p>

<p>—Papá, es tarde, deberías levantarte ya.</p>

<p>Una voz de mujer lo llamaba. Era su hija, Primera. Se detuvo un momento, pensativo. ¿De dónde había salido ese nombre? Elena. Su hija mayor se llamaba Elena, no Primera. Menudo nombre absurdo sería ese.</p>

<p>—¿Papá?</p>

<p>—Perdona, Elena, enseguida me levanto.</p>

<p>—Date prisa, hoy tienes regata.</p>

<p>Juan Carlos sonrió de nuevo. Se levantó despacio, la edad no perdonaba. Se vistió y salió de la habitación. Justo cuando iba a cerrar la puerta le pareció escuchar algo. Como un tsss-chas lejano. Miró dentro de la habitación, pero el ruido no se repitió. Decidió no darle importancia y cerró la puerta, aunque no pudo evitar que un escalofrío recorriese su espalda cuando, lentamente, comenzó a bajar las escaleras.</p>

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<p>© Carlos Fernández. Esta obra está bajo licencia <a href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/" rel="nofollow">CC BY-NC-ND 4.0</a><img src="https://mirrors.creativecommons.org/presskit/icons/cc.svg" alt="" style="max-width: 1em;max-height:1em;margin-left: .2em;"><img src="https://mirrors.creativecommons.org/presskit/icons/by.svg" alt="" style="max-width: 1em;max-height:1em;margin-left: .2em;"><img src="https://mirrors.creativecommons.org/presskit/icons/nc.svg" alt="" style="max-width: 1em;max-height:1em;margin-left: .2em;"><img src="https://mirrors.creativecommons.org/presskit/icons/nd.svg" alt="" style="max-width: 1em;max-height:1em;margin-left: .2em;"></p>

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      <pubDate>Mon, 27 Apr 2026 15:20:05 +0200</pubDate>
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