Hic sunt stories

relatos cortos

El rey no tenía cuello. Hacía ya demasiado tiempo que el peso de la corona había hundido su cabeza en el hueco que dejaban los hombros, formando dos esferas unidas entre sí. Una de esas esferas, la más pequeña, era la cabeza; la otra era su torso, deformado debido a los banquetes que encadenaba noche tras noche. Sus súbditos lo llamaban de forma despectiva «muñeco de nieve» (aunque en Lur no habían visto la nieve en décadas). Y es que el rey Harald no era un rey querido. Deseado sí, porque tras tantos años de cruel tiranía de Alais el Usurpador cualquier cambio era bueno. Pero querido no. Ni mucho menos.

Harald, no obstante, tenía cosas buenas. Era un rey madrugador. Pese a permanecer hasta altas horas de la noche en el salón de banquetes, borracho, rodeado de nobles aduladores y hermosas bailarinas —junto a alguna de las cuales solía amanecer al día siguiente, para gran disgusto de la reina Brunilda—, siempre se levantaba al alba, sin necesidad de ser llamado por su ayuda de cámara. Bien es cierto que no lo hacía para tratar los distintos asuntos y problemas del reino, que no eran pocos, sino para ir de cacería a alguno de los numerosos bosques que lo rodeaban. Pero madrugar madrugaba, eso nadie se lo podía negar.

Harald tenía un hijo, el príncipe Tercero, que era el heredero al trono. Sus dos hermanas mayores, la princesa Primera y la princesa Segunda, no podían reinar por el mero hecho de haber nacido mujeres, algo que regocijaba sobremanera al príncipe Tercero. Pensaba que así se evitaría llegar al poder como lo hizo su padre. Este, siendo joven, hirió con una espada roma a su hermano y legítimo heredero al trono durante una de sus clases de esgrima. Fue apenas un rasguño, debido a lo embotado del filo, pero la herida se infectó y acabó con la vida del pobre muchacho en apenas unos días, tras pasar unas fiebres terribles. De esta manera Harald fue coronado, y aunque en el reino nadie lo comentaba en voz alta, todos sabían que el filo de la espada había sido sumergido en el venenoso jugo de la raíz de belladona negra, que crecía en lo más profundo de las cuevas de los bosques del reino, en los que Harald pasaba gran parte del tiempo jugando y explorando.

Tercero fue la tercera víctima de la pobre imaginación de su padre para elegir los nombres de sus hijos. Estaba demasiado atareado entre cacerías y amantes para elegir algo tan nimio como un nombre para sus retoños. La reina Brunilda quiso elegir el nombre de sus dos primeras hijas, espantada ante la idea del rey de llamarlas Primera y Segunda, pero solo consiguió hacer enfadar a Harald. La responsabilidad de la mujer acababa cuando daba a luz, decía. Después de eso era el marido el que debía tomar las decisiones. Y si eso incluía llamar a su hija Primera, bien estaba. Como si decidía llamarla Imbécil, faltaría más. Las dos princesas crecieron terriblemente acomplejadas por los nombres que su padre había elegido. Tercero, en cambio, lo aceptó con naturalidad. Cuando tuvo edad para razonar y comprendió que algún día reinaría sobre todo Lur, se dio cuenta de que el nombre era lo de menos: lo importante era estar preparado para ejercer como rey, se llamara como se llamase.

Para sorpresa de la corte, siendo joven pidió a su padre permiso para entrar a formar parte del ejército de la ciudad. Quería comprender cómo vivían y sufrían los hombres que defendían el reino. También comenzó a estudiar con distintos maestros, todos ellos sobresalientes en sus campos, hasta que por fin el pueblo comenzó a llamarlo Tercero el Dispuesto, porque siempre estaba presto a aprender y mejorar sus dotes como futuro gobernante.

Ese momento llegó mucho antes de lo que el príncipe Tercero ni nadie en el reino pudiese imaginar. Durante una de las tantas cacerías en las que el rey Harald participaba, un cachorro de tigrelobo apareció frente a los jinetes. Los tigrelobos eran unas criaturas casi extintas, y las gentes de Lur las tenían en gran consideración, ya que la leyenda contaba que mientras uno solo de esos animales existiese, Lur jamás caería. La compañía de cazadores se detuvo ante el pequeño animal. Decidieron esperar en silencio a que su madre, que sin duda andaba por allí cerca, apareciese para llevar a su retoño a la cueva donde tuviese su madriguera. Pero en ese momento el rey Harald, ahíto de vino y gritando como un poseso, apareció a galope tendido desde la retaguardia de la fila de jinetes, sosteniéndose en precario equilibrio sobre su montura. En su brazo derecho portaba una larga lanza que agitaba sin cesar, como si estuviese dispuesto a arrojarla contra el primero que se interpusiese en su camino. Todos se hicieron a un lado para dejar paso al rey, y finalmente este se plantó solo delante del pequeño tigrelobo. Detuvo el caballo entre una nube de polvo, alzó el brazo de la lanza y la arrojó hacia el animal, que cayó al suelo ensartado de lado a lado. Entre los cazadores que acompañaban al rey se hizo el silencio más absoluto. Solo Harald gritaba sin cesar que había cazado a un tigrelobo. En el éxtasis del momento, ordenó a sus hombres que se llevasen a la criatura a palacio para que su cabeza adornase el salón del trono.

Lur era una ciudad muy grande, pero los rumores corrían veloces. Pronto todos sus habitantes se enteraron de lo sucedido, y la antipatía que sentían hacia Harald se acentuó. En cada aparición pública de su rey lo abucheaban sin piedad, y pronto se empezaron a escuchar voces que pedían su abdicación. Finalmente, acosado por su pueblo y aconsejado por los más ancianos miembros de la corte, Harald publicó un bando pidiendo perdón por haber matado al tigrelobo, y anunciando que abdicaba en favor del príncipe Tercero.

El día de la coronación amaneció nublado. El que muy pronto dejaría de ser el rey Harald pensó que el mismo cielo quería acompañarlo así en ese triste trance que se veía obligado a pasar. Y todo por una estúpida cría de tigrelobo. Sacudió la cabeza para alejar esos funestos pensamientos y miró hacia su hijo, sentado en el trono y preparado para recibir la corona real, entre el jolgorio y el alborozo del pueblo. Lo quieren a él más que a mí, iba pensando Harald mientras se quitaba la corona. Cuando lo hizo el cuello, hundido por el peso de la misma, surgió de su torso como un resorte, haciendo que Harald se sintiese extraño. Demasiados años soportando esa carga, pensó, y qué poco se lo habían agradecido. A él, que había librado a Lur de las garras de Alais el Usurpador. Colocó la corona sobre la cabeza de su hijo, que inmediatamente se hundió unos centímetros entre sus hombros. El que desde ese momento sería conocido como Tercero I el Dispuesto recibió el aplauso más estruendoso que jamás se había escuchado en el salón del trono. Pero de fondo se oía algo más. Harald aguzó el oído y alcanzó a escuchar un tsss-chas rítmico, como un silbido seguido de algo muy pesado cayendo de golpe. Poco a poco los aplausos se fueron apagando, pero el tsss-chas se escuchaba aún. Quizá incluso más alto que antes. Harald miró alrededor, sorprendido al ver que nadie parecía advertirlo. El tsss-chas resonaba ya por todo el salón del trono, y justo cuando Harald pensó que se volvería loco, se detuvo. Se quitó las manos de los oídos y caminó hacia la salida entre los habitantes de Lur allí reunidos. Todos estaban inmóviles, mirándolo en completo silencio. Cuando Harald llegó a la puerta de salida se dio cuenta de que no podía pasar; una enorme guillotina estaba bloqueando el paso. Con espanto en la mirada y una película de sudor frío cubriendo su frente vio cómo la hoja reluciente subía hasta el punto más alto con un silbido, tsss. Entonces advirtió que su recién estrenado cuello se encontraba sujeto por el cepo, y sus manos aprisionadas. El mecanismo se liberó y la hoja cayó con un sonoro chas.

***

Abrió los ojos, desconcertado. El mundo a su alrededor estaba a oscuras. ¿Dónde estaba, qué había sido de él? Se llevó las manos al cuello y sonrió doblemente. Primero porque tenía uno, y segundo porque estaba de una sola pieza. Un toc-toc resonó en la oscuridad, y un rectángulo de luz apareció de la nada.

—Papá, es tarde, deberías levantarte ya.

Una voz de mujer lo llamaba. Era su hija, Primera. Se detuvo un momento, pensativo. ¿De dónde había salido ese nombre? Elena. Su hija mayor se llamaba Elena, no Primera. Menudo nombre absurdo sería ese.

—¿Papá?

—Perdona, Elena, enseguida me levanto.

—Date prisa, hoy tienes regata.

Juan Carlos sonrió de nuevo. Se levantó despacio, la edad no perdonaba. Se vistió y salió de la habitación. Justo cuando iba a cerrar la puerta le pareció escuchar algo. Como un tsss-chas lejano. Miró dentro de la habitación, pero el ruido no se repitió. Decidió no darle importancia y cerró la puerta, aunque no pudo evitar que un escalofrío recorriese su espalda cuando, lentamente, comenzó a bajar las escaleras.


© Carlos Fernández. Esta obra está bajo licencia CC BY-NC-ND 4.0

Si quieres dejar un comentario, puedes encontrarme en Mastodon.