El hábito no hace al monje... Pero sí al maestro
La salida de hoy ha sido especialmente satisfactoria. Divertida también, pero si tuviera que elegir un adjetivo para definirla sería el primero.
El domingo es para mí el mejor día para correr. Estoy descansado después de la semana de trabajo, y cojo los caminos con muchísimas ganas. Como siempre, he amanecido pronto, sobre las seis. He desayunado con calma, y he leído un buen rato en la inmejorable compañía de mis gatos hasta que se ha levantado mi mujer. Entonces me he vestido, he calentado mientras comentaba con ella lo acontecido durante el Benidorm Fest y me he echado al monte.
De salida hacía fresco, pero no aire, y solo por eso ya se veía venir un día magnífico. La zona por la que salgo a correr se podría dividir en dos: la primera, y la más cercana a mi casa, es la zona de la atalaya, llamada así porque en su punto más alto tiene, y esto no lo adivinaríais jamás, una atalaya. La segunda, algo más retirada, es la zona conocida por aquí como la fuente del moro. Antes de mi mala racha con las lesiones y dolores varios (fascitis plantar y ciática), acostumbraba a salir por un camino bastante cómodo que lleva directo a la zona de la fuente del moro, pero tras comenzar con la recuperación comencé a salir por la atalaya, que tiene unos caminos mucho más estrechos, agrestes y divertidos.
Es cierto que yo soy más bien tirando a idiota, no os voy a engañar, pero no lo soy tanto como para no aprender de mis errores. Así que en mi regreso a los caminos moderé mucho el kilometraje, aumentándolo poco a poco y muy progresivamente. Por eso durante este tiempo me he limitado a salir por la atalaya, y como mucho rozaba la parte más cercana de la fuente del moro. Hasta hoy, que he pensado que qué demonios, que ya era hora de volver a andurrear por esos bonitos parajes.
Y hete aquí que me lancé como un chiquillo con zapatos nuevos a triscar por el monte, saludando a perros (hoy no me ha atacado ninguno, biennn) y a los pocos senderistas que me he cruzado. Tras dejar atrás la atalaya avancé por el Sembrado del Paisano™ (si seguís mis aventuras ya sabéis de lo que hablo. Si no lo hacéis, debería daros vergüenza) y entré de lleno en la fuente del moro. En vez de coger el camino corto, tomé uno de los caminos largos, que bordea la zona. Bajaba por un sendero que discurre paralelo al cauce seco de un río y que tiene unas cárcavas terribles, que siempre me hacen pensar en lo que pasaría si tropiezo y meto una pierna ahí (estoy preparando una entrada sobre este tema, de hecho). Y al doblar por un recodo del camino fue cuando recordé lo que se me venía encima: una subida terrible, con un terreno tremendamente irregular. Pero yo ya sabía que lo peor venía después, porque al acabar esa subida, tras otra revuelta, te topas de cara con una que deja a la anterior como un paseo por el parque de mi barrio.
Apreté los dientes, y firme y decidido giré para enfrentarme con mi bestia negra. La primera subida la hice corriendo, como antaño, pero ya sabía que la próxima iba a ser imposible. La recordaba como una autentica pared que solo podía subirse caminando. Así que doblé la última curva y me preparé para lo inevitable, pero entonces vi que igual no era para tanto. Desde luego que era una subida dura, y muy irregular, pero quizá no tanto como para no subirla corriendo. Así que reduje la zancada, aumenté la cadencia, y tiré para arriba como si me persiguiese un inspector de hacienda. Y ¿sabéis qué? Que efectivamente no fue para tanto. Sí, llegué cansado, porque ya llevaba una buena encima, pero ni mucho menos como meses atrás. Y mientras volvía a casa me dio por pensar que no es que esa subida me pareciese más terrible en su momento de lo que es realmente. Es que, cuando haces algo habitualmente, y sobre todo si lo haces con ganas, poco a poco vas mejorando. Y el concepto «subida terrible» adquiere otro significado. Y me dio por sonreír, y así volví por el camino que lleva de vuelta a casa, con una sonrisa en los labios.
Cuando llegué a mi amado hogar y consulté el reloj, comprobé que había pasado de los diez kilómetros, algo que no había hecho desde antes de la lesión, y entonces mi sonrisa se acentuó aún más. Supongo que ahora, y esto que quede entre nosotros, mi objetivo de correr una media maratón por la montaña está un poco más cerca. Así que seguiré corriendo, siempre con cuidado, pero un poco más lejos cada vez, sabiendo que puede que el hábito no haga al monje, pero sí hace al maestro.