Diario de un corredor minimalista

Aventuras y desventuras de un primate en zapatillas

Esta mañana he hecho una cosa muy divertida (divertida de verdad, no como las otras veces que lo digo) que se llama fartlek.

Significa «juego de velocidad» en sueco, y consiste en correr alterando el ritmo y la intensidad un poco como te venga en gana. Es decir, como un entrenamiento de intervalos pero sin estar encorsetado en cuatro series de 400m con 30” de descanso, por ejemplo. Vamos, lo que todos hemos hecho cuando éramos niños: correr por diversión, a veces más deprisa y a veces más despacio. Lo desarrolló un señor muy simpático (y muy sueco) llamado Gösta Holmér allá por 1930. Y digo yo que si después de casi cien años lo seguimos utilizando muy malo no será.

Pues bien, después del preceptivo calentamiento, y ya con las piernas a tope, comencé a correr. Hoy he salido por una zona peatonal que tengo cerca de casa, muy extensa y con un buen número de cruces, algunos de ellos con unas rampas terribles. Vamos, un terreno bastante propicio para mis siniestros y suecos fines. Cuando lo consideré oportuno, aumenté la velocidad hasta un ochenta por ciento, digamos, de mi velocidad máxima. ¿Hasta dónde? Pues hasta donde yo quise. Hasta ese árbol de ahí, por ejemplo. Cuando llegué al árbol en cuestión volví a correr a un ritmo cómodo, y al doblar un recodo aumenté de nuevo para ir, esta vez sí, a tope.

Y así estuve un buen rato. Claro, la gente me miraba como si me faltase un tornillo, más de uno pensando si acaso no me habrían metido unos cables pelados por salva sea la parte, con esos arrebatos que me daban. Pobres desconocedores de la magia sueca. Y entonces me encontré con una mujer y su hijo, que estaban paseando a su perro, un galgo precioso. No sé si alguna vez os he dicho que estoy in love con los galgos, como la niña esa del anuncio con su casa. Son unos perros que me encantan, no puedo evitarlo.

Este era completamente negro, y tenía un carácter alegre, no como otros que suelen ser más asustadizos. Fue pasar a su lado, saludando a la mujer y a su hijo como buen vecino que soy, y el galgo pegó un brinco que por un momento no supe si era un galgo o una liebre. Acudió trotando a mi lado y comenzó a acompañarme, apretando el paso cada vez un poco más. Yo, como veía que la mujer no decía nada, pensé que no le importaría que el galgo se alejase un poco de ellos (recordad que estábamos en una zona peatonal, muy alejada del tráfico rodado), así que me dije que qué demonios, que cuándo iba yo a tener otra oportunidad como esta.

Aceleré un poco más y me puse a su altura. El galgo me miraba como diciendo «qué tipo tan divertido me he encontrado» y yo le miraba como diciendo «que estoy haciendo una movida sueca que se llama fartlek, chaval, te voy a destrozar». Es difícil reflejar eso con solo una mirada, pero creo que lo conseguí bastante bien. Aceleré otro poco y adelanté al cánido, pero no por mucho tiempo, porque enseguida me volvió a coger, aparentemente sin esfuerzo. El condenado se lo estaba pasando pipa. Así que me puse a tope, con la noble intención de borrar esa sonrisa de su cara. Pero cuando ya estaba a punto de echar el hígado, diría que literalmente, el galgo apareció una vez más a mi lado, con una mirada que pedía más carrera.

En ese momento, claro, mandé a Gösta Holmér, al fartlek y hasta a la mismísima Ikea a freír espárragos, di la vuelta en una rotondita y regresé al sitio donde estaba su dueña, que se estaba partiendo de risa viendo cómo los dos nos habíamos picado. Cuando llegué a su lado farfullé como pude que ya se lo devolvía. La mujer me dio las gracias, el galgo se quedó por allí correteando como si no hubiese pasado nada y yo volví a casa, tratando de mantener el desayuno en el estómago pero sabiendo que había hecho un nuevo amigo de cuatro patas.


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Hoy tenía intención de salir a correr por asfalto. Como ya sabéis estoy saliendo de una rotura de fibras (que ya puedo considerar recuperada del todo) y de unas molestias en el empeine del pie derecho que desaparecieron «mágicamente» gracias a la vuelta del calzado minimalista. Y como ese calzado requiere un periodo de adaptación, y hace bastante que no corría con él, he preferido salir sobre asfalto durante una temporada, ya que al ser un terreno más llano le exige menos a mis piececitos.

Pero hoy, cuando me disponía a coger la carreterita de siempre, he mirado hacia el camino que se interna en la zona forestal por la que llevaba a cabo mis fechorías. Y ese camino me ha devuelto la mirada, como el abismo del tipo aquel, y me ha hecho ojitos. Y claro, no he podido contenerme. Así que he comenzado a levantar polvo y pisar piedras como si no hubiese un mañana.

Ese primer tramo es un camino bastante ancho, muy llano, pero esta plagado de piedrecitas sueltas. Cuando corres por ese tipo de terreno con calzado convencional no hay problema, pero cuando lo haces con unas suelas de caucho de cinco milímetros... Os podéis imaginar. Me he clavado todas las piedras del mundo en partes de la planta del pie que no sabía ni que existían. ¿Y sabéis qué? Que me ha gustado. Y entonces me ha dado por pensar que los corredores, y los deportistas en general, tenemos algo de masoquistas, porque no es normal sufrir dolores, fatiga y ganas de dejarte caer allí donde estés para no levantarte jamás y a los dos días volver a pasar por lo mismo como si tal cosa.

Pero en fin, cuestiones filosóficas aparte, yo seguía corriendo. Ya me había internado un poco más en la zona forestal, y trotaba tan contento por los caminos que tantas veces he recorrido, cuando sufrí el primero de los dos cobardes ataques que atentaron contra mi persona en el día de hoy. Pero esta vez con la novedad de que ese ataque no vino por tierra. Lo hizo por el aire. Un pájaro (disculpadme los pajarólogos que me lean, pero el miedo me impidió identificar la especie) hizo un vuelo rasante de derecha a izquierda, pasándome por delante de las narices. Que ríase usted de Cary Grant en Con la muerte en los talones, vamos. Como vio que su ataque no había surtido efecto, el mismo pájaro, u otro similar, no sabría decir, hizo una nueva pasada, esta vez de izquierda a derecha. Pero con la salvedad de que el maldito bicho soltó su carga mientras me sobrevolaba. Os juro que escuché el impacto de sus heces contra (gracias a los dioses) el suelo. No me cayó encima por muy poco.

Una vez me vi a salvo, y siempre mirando más al cielo que al suelo, comencé una subida con una pendiente bastante importante. Hacia la mitad de la rampa escuché una voz de mujer diciendo «Curro, ven aquí». Levanté la vista y la vi aparecer tras un recodo del camino, junto a lo que me parecía un cruce de podenco que imaginé sería el tal Curro. Pues bien, la mujer, muy maja, se detuvo para dejarme pasar, mientras mantenía a Curro junto a su pierna. Pero el cánido, que por lo visto quería conocer gente, la ignoró y se acercó a mí. Como veía que sus intenciones no eran malas, dejé de correr mientras extendía la mano para saludar a un perro tan simpático. Craso error.

Cuando Curro estaba a apenas un par de metros de mí, comencé a escuchar un «pi-pi-pi» que no me parecía en absoluto uno de los sonidos que se pueden escuchar en medio de la naturaleza, pero no me preocupé. No lo hice hasta que Curro llegó a mi lado y observé con pasmo que tenía un artefacto negro bastante voluminoso adherido al collar. En ese momento comenzó a pitar aún más rápido con su «pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi» y claro, me asusté. Y le pregunté a la mujer que si era un perro bomba, para salir corriendo. Ella se empezó a reír con ganas (aunque no lo negó) y me dijo que solo pitaba, que al perro no le hacía daño.

Aún receloso me alejé, y seguí con un camino que concluyó sin más novedades. Llegando a casa me dio por pensar que los animales del campo igual me habían atacado porque se habían enfadado conmigo por llevar tanto tiempo sin ir a visitarlos (en mi cabeza yo soy un poco como Radagast el Pardo cuando salgo a correr entre conejos y batracios), y me hice la firme promesa de no volver a dejarlos de lado tanto tiempo.

Solo espero que los dolores me respeten y me permitan cumplir mi promesa.


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Hace ya algún tiempo que no escribo en el blog. Como ya sabéis algunos, llevo varias semanas con problemas en el empeine del pie derecho, y entre eso y los incendios, que nos afectaron personalmente, no es que haya salido demasiado a correr.

Pero por fin este domingo he disfrutado de una más que merecida tranquilidad, lo que me ha permitido calzarme las zapatillas y echarme a la calle. Y aquí empieza lo interesante de esta entrada, en eso de «calzarme las zapatillas». No sé si recordáis que hace tiempo, cuando el mundo era joven, yo corría con calzado minimalista. Pero como era inexperto, y más bruto que una infusión de pan rallado, simplemente salía a correr. Ni entrenaba fuerza ni hacía apenas ejercicios específicos para fortalecer los pies. Si a eso le sumamos que daba unos saltos considerables en el número de kilómetros semanales que corría, era cuestión de tiempo que llegase una lesión (eso lo sé ahora, en su momento era el tío más feliz del barrio correteando por el monte). Y así llegó la temida fascitis plantar. Por suerte no fue nada grave, y con unas sesiones de fisio la dejé atrás sin mayor inconveniente. Pero claro, cogí miedo. En vez de achacar la lesión a lo bruto que había sido, la achaqué al calzado. Así que, con todo el dolor de mi corazón, cambié mis queridas minimalistas por unas zapatillas convencionales.

Así estuve corriendo un buen tiempo, hasta que apareció el dolor en el empeine del que hablaba al principio y me vi obligado a parar otra vez. Fui al fisio, pero no obtuve demasiados resultados. Me seguía doliendo, y pese a todas las tretas y atados de cordones diferentes que probé, no dejaba de hacerlo. Entonces fue cuando me di cuenta de que el dolor comenzaba apenas me calzaba las zapatillas. Y también me di cuenta de que cuando me ponía las minimalistas para salir a hacer cualquier recado no me dolía en absoluto. Y pensé: «¿y si la amortiguación de estas zapatillas me está haciendo más mal que bien?». Así que decidí que podía probar a hacer una salida corta con las minimalistas, a ver qué pasaba. Que es justo lo que he hecho hoy.

Y os juro por mi propia vida que hacía mucho que no disfrutaba así del simple hecho de correr.

Comencé caminando unos minutos, para movilizar bien pies y tobillos. Entonces empecé a correr. Cuando di la primera zancada lo hice con algo de miedo, no os voy a engañar. Demasiado tiempo sin correr con algo tan liviano en los pies y unas suelas tan delgadas. Pero desde el primer momento fue como si jamás lo hubiera dejado. Adapté la longitud de la zancada y comencé a pisar con el mediopié con total naturalidad. Al principio experimenté una leve molestia detrás de la rodilla izquierda, pero con el transcurrir de los minutos fue desapareciendo. Y del dolor en el empeine ni rastro.

Cuando llevaba unos diez minutos paré, y comencé a caminar otros cinco, para no sobrecargar pies y gemelos. Entonces comencé a correr de nuevo, y ahí fue cuando me atacó la serpiente.

A ver, quizá atacar sea un poco exagerado, porque el animalito estaba enroscado sobre sí mismo durmiendo, meditando, o haciendo lo que sea que hagan las serpientes. Pero a mí me dio un susto de muerte, y eso ya lo considero un ataque. El caso es que cuando pasé por su lado pensaba que era un plástico, o quizá un trozo de cuerda que alguien había tirado allí. Pero un segundo vistazo me hizo ver que de plástico nada. Así que pegué un brinco hacia un lado que ríase usted de Barýshnikov. Que menos mal que no venía nadie más por allí, porque me habría subido a su chepa sin pensármelo dos veces. Luego ya me di cuenta de que la serpiente habría salido de una zona forestal cercana, y que quizá estaba allí esperando los primeros rayos de sol.

Pero vaya, dejado el susto atrás seguí con mi ruta, volviendo a hacer una pausa de cinco minutos pasados los diez siguientes minutos de carrera. Y así llegué hasta casa, habiendo hecho tres series de diez minutos corriendo y cinco caminando. Y lo que es más importante, con el empeine perfectamente.

Es cierto que el ritmo de carrera se ha resentido. He pasado a hacer un minuto más por kilómetro, aproximadamente, pero a mí eso me importa entre cero y nada, así que no hay problema.

Y lo más importante: he vuelto a rescatar mis queridas minimalistas, espero que por mucho tiempo, y he recuperado la felicidad al correr.


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En mi búsqueda de la media maratón, hoy tocaban dieciséis kilómetros. No estaba seguro de si podría hacerlos, las cosas como son, porque el miércoles fui al fisio a que me diese un repaso en el culo y me lo dejó un poco bastante hecho puré. Pero vaya, como hoy estaba algo mejor decidí probar suerte, y si tenía que reducir la distancia tampoco había mayor problema.

Antes de seguir, deberíais saber una cosa del trail running. En este deporte no se corre siempre, hay muchos tramos (las subidas terribles que nos solemos encontrar) que se hacen caminando, a veces ayudándose de bastones o sin ellos, eso ya es cosa de cada uno. No sé si os habréis percatado, pero aquí, un servidor, es un poco bruto. Un poco demasiado, diría yo. Y cuando me empeño en algo me empeño con ganas. Así que durante mis salidas yo no caminaba nunca, a no ser que fuese estrictamente necesario. Vamos, que mientras tuviese piernas yo subía corriendo. Y claro, eso está muy bien si no haces muchos kilómetros, pero cuando los números empiezan a aumentar no hay dios que lo soporte. Y así acababa, exhausto como poco. Pero eso iba a cambiar, porque esta semana estuve buscando información sobre en qué punto hay que pasar de correr a caminar.

En ese pozo infect... digo, en ese pozo de sabiduría que es internet encontré varias webs que hablaban del tema. Se me llenó la cabeza de porcentajes, desniveles y muchos otros datos que no sabía por dónde coger, y ya me veía como el prota de Una mente maravillosa, sacando la pizarra antes de una subida y echando cuentas para ver cómo tenía que afrontarla. Hasta que encontré un sitio en el que lo explicaban para gente normal que no tiene un máster en física complicada por la Universidad de Mascachuches. La idea es que, si comienzas a subir dando más saltitos verticales que corriendo desplazándote en horizontal, estás haciendo el canelo (esto último es de cosecha propia). En ese punto es cuando correr no compensa, y el gasto energético es superior a la ventaja que puedes sacar corriendo. Fácil, ¿no? No sé si la ciencia avalará esta afirmación, pero a mí me vale como guía.

Pues dicho esto, vamos al lío, que yo sé que lo que os gusta es verme sufrir y no que os cuente mis películas.

Los primeros kilómetros fueron muy bien. La mañana no estaba especialmente calurosa, y unas pocas nubes se encargaban de tapar el sol. Afronté las primeras rampas duras con ganas, pero en cuanto vi que empezaba con los «saltitos» dejé de correr y me puse a caminar. A caminar rápido, se entiende, no de paseo. Después de unas cuantas subidas así vi que estaba mucho más entero que otras veces, y el ritmo de carrera no aumentaba tanto como se podía suponer. Es más, al final de la tirada acabé haciendo solo diez segundos más por kilómetros que en otras ocasiones, lo que no es significativo (al menos para mí).

En una de esas subidas, la que conduce a la atalaya, de la que ya os he hablado en otras ocasiones, vi algo unos metros más adelante que se movía hacia mí. Era demasiado pequeño para ser un conejo, y en un primer momento pensé que se trataba de un ratón. Pero el hecho de que no saliese huyendo me descolocó un poco. Tras dos o tres pasos me detuve, y mi misterioso adversario hizo lo propio. Se trataba de un sapo, o quizá una rana, la verdad es que no sé distinguirlos, así que de aquí en adelante me dirigiré a él como batracio. Pues bien, el animalejo estaba en todo el centro de un camino bastante estrecho, sin posibilidad de esquivarlo debido a lo impracticable de ese tramo concreto. Y el batracio en cuestión no tenía ninguna intención de esquivame a mí. Muy al contrario, abrió las patas delanteras e hinchó el pecho, como si quisiese hacerse más grande. Yo pensé que es justo lo que se recomienda hacer cuando te ataca un oso o un perro, y me alegró ver que el bichejo tenía la lección bien aprendida. Pero en ese momento tuve la duda de qué pasaría si pasaba junto a él, a escasos centímetros. ¿Me saltaría encima? Yo tengo una pequeña fobia con los saltamontes, y el que un batracio me salte a la pierna no entra dentro de lo que yo considero divertido. Pero algo tenía que hacer, así que me armé de valor y camine firme y decidido hacia mi rival. Debo decir que ambos nos comportamos muy dignamente, ninguno reculó ni un milímetro. Juraría que cuando lo dejé atrás el batracio me miraba de reojo con una gota de sudor cayéndole por la frente, pero de esto no puedo estar seguro al cien por cien.

Continué camino sin mayor incidente, salvo el de un señor de unos sesenta años que me aplaudió cuando pasé a su lado y me dijo que estaba en muy buena forma física. Yo le dije que hacía lo que podía, intentando no escupir ningún trozo de hígado al hablar, y me alegré de ver que ya tenía mi primer seguidor (porque el abejonejo del otro día no cuenta como seguidor, aunque me siguiese varias decenas de metros).

Por fin, llegué a la ansiada meta, mi casa, habiendo conseguido meter los dieciséis kilómetros que me había propuesto. Durante los últimos minutos tuve unas pequeñas molestias en los empeines, pero nada preocupante, creo.

Y mi culo respondió perfectamente, de lo cual me alegro.


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Dispuesto a llenar mis depósitos de glucógeno como si estuviese echando gasolina a cincuenta céntimos el litro, el otro día encontré en el súper del barrio una papilla de arroz compuesta en un noventa y nueve por ciento por harina de arroz. O sea, hidratos a cascoporro. En la caja indicaba que estaba destinada a infantes de cuatro meses en adelante, y me dije que ey, yo tenía más de cuatro meses, así que me decidí a probarla.

Estuve los dos o tres días anteriores al domingo, día de la tirada larga, tomando un poco de esa papilla disuelta en algo de leche. Y esta mañana ha supuesto mi desayuno junto con unos cereales tipo corn flakes. Como ya me salían los hidratos por las orejas me calcé las zapatillas y salí a correr.

Ya había decidido un poco cual iba a ser mi ruta del día, pero a mitad de camino me puse a improvisar. Al pasar por las cercanías de la fuente del moro (aquella fuente maldita que está más escondida que el arca de la alianza) tomé un estrecho sendero que se abría a un lado. Este sendero se iba haciendo más impracticable a medida que avanzaba, y en algunos puntos se confundía con el cauce seco de uno de los muchos arroyos que discurren por la zona. Parte de ese camino lo tuve que hacer trotando o directamente caminando, debido a las ramas bajas y al terreno, pero al final acabé saliendo a una zona conocida, con unos aljibes antiguos muy chulos.

Continué corriendo por una parte nueva que aún no habían pisado mis pies, así que preferí llevar el móvil en la mano para orientarme, ya que estaba repleta de distintos cruces de caminos. En ese punto fue cuando pasé por una zona con unas pocas colmenas de abejas, situadas a unos diez o doce metros del camino. No colmenas naturales, aquellas en las que Winnie the Pooh gustaba de hurtar su miel a las abejas, sino esas cajas de madera repletas de panales cuadrados. Como no se veía movimiento, y ya que estaba en el meollo del asunto, continué adelante. Ya había pasado la última de las colmenas cuando escuché lo peor que se puede escuchar en esa situación: un intenso zumbido justo a mi espalda. Mis conocimientos de las abejas son más bien escasos, y se limitan a aquella vez, muy graciosa, en la que una me picó en la punta de la nariz (algún día os contaré esa historia), así que me lié a pegar manotazos hacia atrás.

Se ve que al bicho en cuestión no le hizo mucha gracia, porque me empezó a embestir, y uso bien esa palabra, con una fuerza inaudita, que me hizo pensar que más que a una abeja me enfrentaba al abejonejo de aquel anuncio de la tele. Viendo que no me iba a poder librar de él así como así, decidí tomar el honroso camino de la huida, así que me marqué un sprint de los que hacen historia. De hecho, al volver a casa he revisado la ruta en el móvil y se ve claramente el punto en el que sufrí tan cobarde ataque, porque es una zona de un color rojo oscuro que muestra la velocidad a la que iba.

No iba a ser ese el último susto del día, porque cuando ya estaba acabando la ruta tuve un tropiezo con una piedra en una bajada bastante tendida que me hizo dar dos o tres pasos avanzando a trompicones. Por mi cabeza pasó aquella vez en la que besé la lona con resultado de una herida muy fea en la palma de la mano y en la cara exterior de la rodilla derecha, pero en esta ocasión, más por pura suerte que otra cosa, conseguí recuperar el equilibrio y no caer al suelo.

Ya de vuelta, y mientras escribo esta entrada, he podido constatar que me encuentro mucho mejor que otros días, menos cansado. De hecho acabo de salir a tirar la basura y llevaba un paso ligero, nada propio en mí cuando vuelvo de correr. Así que puedo decir que la papilla de arroz funciona, que seguiré tomándola de forma habitual, especialmente los días antes de las tiradas largas. Y puedo decir que estoy contento, por ver que sigo avanzando, paso a paso en mi objetivo de correr una media maratón.

Pero sobre todo estoy contento porque hoy me he enfrentado al temible abejonejo y he salido victorioso.


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Hoy he estado muy cerca de no salir a correr. Después de las lluvias de ayer parecía que el clima nos iba a dar un respiro, pero al levantarme he mirado por la ventana y el cielo estaba más negro que el corazón de muchos políticos que no voy a mencionar. Pero después de desayunar han comenzado a abrirse algunos claros, así que me he echado un cortavientos, por si acaso, y me he lanzado a los caminos.

Hacía fresco, y bastante aire. No era el día más cómodo para correr, la verdad, pero nadie dijo que esto fuese siempre divertido. Al poco de salir, con el cuerpo ya caliente, el cortavientos comenzó a sobrar. Pero cuando ya estaba a punto de parar para quitármelo comenzaron a caer unas gotas. Como no era mucho seguí tirando, aunque la cosa duró apenas unos minutos y enseguida escampó.

El día estaba como estaba, así que apenas me encontré a nadie. Quizá dos o tres personas paseando al perro o a ellos mismos. Seguí los caminos habituales, con bastante barro y charcos, eso sí, y ya comenzando la temporada de esquivar caracoles, así que más pendiente de ellos que de las piedras. En un momento dado me ha pasado algo bastante gracioso: un conejo ha aparecido a todo correr por el margen izquierdo del sendero por el que transitaba en ese momento. Pero en cuento me ha visto ha derrapado hasta detenerse y se ha vuelto a esconder a todo correr. Me ha recordado al gif aquel en el que un niño entra corriendo en la sala de estar y entonces, cuando ve que lo están grabando, se da la vuelta sorprendido y vuelve por donde ha venido.

Ya estaba de vuelta, casi llegando a casa, cuando a lo lejos vi a un corredor que venía en mi dirección. Había llovido otro poco, y el aire volvía a hacer acto de presencia, con lo que el día estaba un poco revuelto y calor, lo que se dice calor, no hacía. Pues bien, cuando el chaval, que tendría unos veinte años, llegó a mi altura, vi que llevaba la camiseta enganchada en la cinturilla del pantalón, y el torso descubierto cual tarzán del mundo moderno. Los dos nos saludamos con mucha cortesía, como debe hacerse entre runners, pero yo me quedé con ganas de preguntarle si no tenía frío, porque con el aire se queda el sudor heladito, y también que cuando llegase el verano cómo iba a ir, porque ya me lo imaginaba corriendo en calzoncillos por los caminos. Pero claro, como ha dicho mi mujer cuando se lo he contado, los chicos con esa edad tienen las hormonas revolucionadas, y no pasan frío ni en Burgos en pleno mes de enero.

En otro orden de cosas, he pasado de los trece kilómetros, así que seguimos con paso lento pero seguro buscando el objetivo de la media maratón.


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Esta mañana he salido a correr por la zona de la fuente del moro con la firme determinación de encontrar una fuente que se llama, y esto jamás lo adivinaríais, fuente del moro. Ya la tenía localizada en el CoMaps, y se encontraba cerca de la parte por la que estoy saliendo estos días, así que calzado con ilusión y unas buenas zapatillas me encaminé hacia allá.

El día había amanecido nublado y relativamente fresco, pero pronto se despejó y el sol comenzó a picar. Por suerte iba armado con las tabletas de sales recomendadas por el bueno de Dani Sancas, mastodonte de pro siempre dispuesto a echar una mano en lo que haga falta. No han sido la panacea, pero ayudan bastante. El caminó hacia la zona de la fuente discurrió sin contratiempos. Más bien al contrario, me llevé alguna alegría que otra, como por ejemplo haber afrontado la doble subida a la atalaya, uno de los puntos más altos de la zona, sin dejar de correr en ningún momento. Soy consciente de que en una carrera estas dos subidas habría que hacerlas caminando, pero ey, mis piernas son mías y hago con ellas lo que quiero.

La primera subida es corta y dura. Tiene una pendiente terrorífica. Como a esa ya estoy acostumbrado la subí corriendo sin mayor problema. La segunda ya es otro cantar: es igual de terrible que la primera, pero mucho más larga. De esas subidas que cuando parece que está a punto de terminar doblas un recodo y ves que sigue y sigue. La subida Duracell, me gusta llamarla. Otros días la rodeo por un camino algo más llevadero, pero hoy ya iba con la idea de intentar conquistarla. Y lo he conseguido, además sin demasiados problemas (digo esto ahora, sentado en el sofá y escribiendo en el blog. En su momento pensé que me iban a explotar las piernas). Una vez arriba me tomé un minuto de descanso para comer unos frutos secos, que me los había ganado con creces, y seguí adelante.

Pocos kilómetros después llegué a la zona de la fuente. Era la segunda vez que pisaba esos caminos, así que saqué el pequeño móvil que llevo siempre encima y consulté el mapa. Para llegar a la fuente en cuestión tenía que salir del sendero. En principio parecía un terreno llevadero, pero pronto vi que intentar llegar a esa fuente no era la mejor idea que había tenido (y he tenido ideas muy malas, creedme). El terreno pronto empeoró, con fuertes pendientes y cárcavas que lo hacían casi impracticable. Yo no soy el más listo de mi barrio, pero aún me queda algo de sentido común, así que di la vuelta, retomé el camino pasando por dos aljibes que me llevé de regalo (metafóricamente hablando, se entiende) y seguí con mi ruta.

Quizá más adelante investigue si hay una forma más accesible de llegar a la dichosa fuente, pero de momento la dejaré donde está, que una fuente, por muy chula que sea, no vale una pierna rota.


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El pasado martes tocó visita al fisio para intentar eliminar del todo las molestias en el glúteo y pierna que arrastro desde que comencé con la ciática. Para correr la verdad es que apenas me afecta, pero para conducir ya es otra historia, así que allá fui, con la dulce inocencia de un niño que no sabe lo que le espera.

Mi fisio es muy buena, pero estoy convencido de que en otra vida fue Jack el Destripador. O quizá Vlad Tepes, no lo sé. El caso es que acabé indefenso y despojado de mi orgullo y de mis pantalones, tendido boca abajo en la camilla y a merced de unas manos sedientas de sangre. Debo decir que apenas lloré, lo que me llena de satisfacción, porque me dejó el culo marcado, quizá de por vida, con unos terribles (bueno, quizá no tanto) moratones. Entre el masaje y la punción seca estuve dos días que parecía un cervatillo recién nacido.

Así que decidí tomarme la semana de descanso relativo. El jueves, en lugar de salir a correr, me quedé en casa entrenando fuerza, y ya hoy, que era capaz de dar dos pasos seguidos sin que se me doblasen las rodillas, volví a los caminos.

Con un tiempo primaveral como hace semanas que no teníamos, y con los senderistas saliendo como si fuesen champiñones, comencé la ruta. Ya solo por el hecho de cambiar el gorro por la gorra el día valió la pena, pero además debo decir que mi maltrecho culo respondió bastante bien. Es cierto que, a mitad de camino, noté que se cargaba un poco, aunque sin llegar a ser doloroso, por lo que decidí volver a casa un poco antes por lo que pudiese pasar. Eso sí, el camino de vuelta lo hice realmente rápido comparado con otros días, en los que vuelvo más como un alma en pena que como un ser humano.

Ya en casa, la sesión de estiramientos confirmó que el culo estaba mejor. Aunque lo seguía notando cargado, no me molestaba tanto como otras veces. Eso sí, no descarto una segunda visita a Vlad (quién dijo miedo), porque el volver a vivir el día a día sin dolor bien vale que te dejen el culo hecho polvo.


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La salida de hoy ha sido especialmente satisfactoria. Divertida también, pero si tuviera que elegir un adjetivo para definirla sería el primero.

El domingo es para mí el mejor día para correr. Estoy descansado después de la semana de trabajo, y cojo los caminos con muchísimas ganas. Como siempre, he amanecido pronto, sobre las seis. He desayunado con calma, y he leído un buen rato en la inmejorable compañía de mis gatos hasta que se ha levantado mi mujer. Entonces me he vestido, he calentado mientras comentaba con ella lo acontecido durante el Benidorm Fest y me he echado al monte.

De salida hacía fresco, pero no aire, y solo por eso ya se veía venir un día magnífico. La zona por la que salgo a correr se podría dividir en dos: la primera, y la más cercana a mi casa, es la zona de la atalaya, llamada así porque en su punto más alto tiene, y esto no lo adivinaríais jamás, una atalaya. La segunda, algo más retirada, es la zona conocida por aquí como la fuente del moro. Antes de mi mala racha con las lesiones y dolores varios (fascitis plantar y ciática), acostumbraba a salir por un camino bastante cómodo que lleva directo a la zona de la fuente del moro, pero tras comenzar con la recuperación comencé a salir por la atalaya, que tiene unos caminos mucho más estrechos, agrestes y divertidos.

Es cierto que yo soy más bien tirando a idiota, no os voy a engañar, pero no lo soy tanto como para no aprender de mis errores. Así que en mi regreso a los caminos moderé mucho el kilometraje, aumentándolo poco a poco y muy progresivamente. Por eso durante este tiempo me he limitado a salir por la atalaya, y como mucho rozaba la parte más cercana de la fuente del moro. Hasta hoy, que he pensado que qué demonios, que ya era hora de volver a andurrear por esos bonitos parajes.

Y hete aquí que me lancé como un chiquillo con zapatos nuevos a triscar por el monte, saludando a perros (hoy no me ha atacado ninguno, biennn) y a los pocos senderistas que me he cruzado. Tras dejar atrás la atalaya avancé por el Sembrado del Paisano™ (si seguís mis aventuras ya sabéis de lo que hablo. Si no lo hacéis, debería daros vergüenza) y entré de lleno en la fuente del moro. En vez de coger el camino corto, tomé uno de los caminos largos, que bordea la zona. Bajaba por un sendero que discurre paralelo al cauce seco de un río y que tiene unas cárcavas terribles, que siempre me hacen pensar en lo que pasaría si tropiezo y meto una pierna ahí (estoy preparando una entrada sobre este tema, de hecho). Y al doblar por un recodo del camino fue cuando recordé lo que se me venía encima: una subida terrible, con un terreno tremendamente irregular. Pero yo ya sabía que lo peor venía después, porque al acabar esa subida, tras otra revuelta, te topas de cara con una que deja a la anterior como un paseo por el parque de mi barrio.

Apreté los dientes, y firme y decidido giré para enfrentarme con mi bestia negra. La primera subida la hice corriendo, como antaño, pero ya sabía que la próxima iba a ser imposible. La recordaba como una autentica pared que solo podía subirse caminando. Así que doblé la última curva y me preparé para lo inevitable, pero entonces vi que igual no era para tanto. Desde luego que era una subida dura, y muy irregular, pero quizá no tanto como para no subirla corriendo. Así que reduje la zancada, aumenté la cadencia, y tiré para arriba como si me persiguiese un inspector de hacienda. Y ¿sabéis qué? Que efectivamente no fue para tanto. Sí, llegué cansado, porque ya llevaba una buena encima, pero ni mucho menos como meses atrás. Y mientras volvía a casa me dio por pensar que no es que esa subida me pareciese más terrible en su momento de lo que es realmente. Es que, cuando haces algo habitualmente, y sobre todo si lo haces con ganas, poco a poco vas mejorando. Y el concepto «subida terrible» adquiere otro significado. Y me dio por sonreír, y así volví por el camino que lleva de vuelta a casa, con una sonrisa en los labios.

Cuando llegué a mi amado hogar y consulté el reloj, comprobé que había pasado de los diez kilómetros, algo que no había hecho desde antes de la lesión, y entonces mi sonrisa se acentuó aún más. Supongo que ahora, y esto que quede entre nosotros, mi objetivo de correr una media maratón por la montaña está un poco más cerca. Así que seguiré corriendo, siempre con cuidado, pero un poco más lejos cada vez, sabiendo que puede que el hábito no haga al monje, pero sí hace al maestro.


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A menudo se habla de la importancia de la práctica del deporte para mantener un buen estado de salud física, pero hoy quiero destacar la importancia del deporte para ayudar a la salud mental.

Llevo unos días que, entre los problemas domésticos, los problemas laborales, y el tiempo que hemos tenido las últimas semanas, ando algo bajo de moral. Pues durante esos días (y hoy especialmente) he esperado mis salidas a correr por el monte como un niño espera el furgón de los helados en cualquier película yanki. El deporte está siendo una verdadera tabla de salvación, en resumidas cuentas.

Y mira que, aunque hoy el día se prometía soleado (en la zona centro, al menos), la tarde ha sido horrible: mucho aire y cielo nublado amenazando lluvia durante toda la salida. Es más, hoy no me he encontrado con ninguna unidad de ser humano en todo el camino. Sí que ha habido alguna unidad conejil que se ha escondido al verme, pero a eso ya estoy acostumbrado (a los conejos, no a que se escondan al verme, que incluso corren a mi lado de vez en cuando). El caso es que, pese a lo desapacible de la tarde, he vuelto a casa en un estado de calma absoluta, con los problemas aún ahí, pero un poquito más lejos que antes de salir.

Así que os animo a practicar algún deporte que os motive, el que sea. Puede ser correr, puede ser montar en bici, el fútbol, el baloncesto o simplemente caminar. No será la solución definitiva, pero ayudar ayuda.


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