Indiana Jones en busca de la fuente del moro
Esta mañana he salido a correr por la zona de la fuente del moro con la firme determinación de encontrar una fuente que se llama, y esto jamás lo adivinaríais, fuente del moro. Ya la tenía localizada en el CoMaps, y se encontraba cerca de la parte por la que estoy saliendo estos días, así que calzado con ilusión y unas buenas zapatillas me encaminé hacia allá.
El día había amanecido nublado y relativamente fresco, pero pronto se despejó y el sol comenzó a picar. Por suerte iba armado con las tabletas de sales recomendadas por el bueno de Dani Sancas, mastodonte de pro siempre dispuesto a echar una mano en lo que haga falta. No han sido la panacea, pero ayudan bastante. El caminó hacia la zona de la fuente discurrió sin contratiempos. Más bien al contrario, me llevé alguna alegría que otra, como por ejemplo haber afrontado la doble subida a la atalaya, uno de los puntos más altos de la zona, sin dejar de correr en ningún momento. Soy consciente de que en una carrera estas dos subidas habría que hacerlas caminando, pero ey, mis piernas son mías y hago con ellas lo que quiero.
La primera subida es corta y dura. Tiene una pendiente terrorífica. Como a esa ya estoy acostumbrado la subí corriendo sin mayor problema. La segunda ya es otro cantar: es igual de terrible que la primera, pero mucho más larga. De esas subidas que cuando parece que está a punto de terminar doblas un recodo y ves que sigue y sigue. La subida Duracell, me gusta llamarla. Otros días la rodeo por un camino algo más llevadero, pero hoy ya iba con la idea de intentar conquistarla. Y lo he conseguido, además sin demasiados problemas (digo esto ahora, sentado en el sofá y escribiendo en el blog. En su momento pensé que me iban a explotar las piernas). Una vez arriba me tomé un minuto de descanso para comer unos frutos secos, que me los había ganado con creces, y seguí adelante.
Pocos kilómetros después llegué a la zona de la fuente. Era la segunda vez que pisaba esos caminos, así que saqué el pequeño móvil que llevo siempre encima y consulté el mapa. Para llegar a la fuente en cuestión tenía que salir del sendero. En principio parecía un terreno llevadero, pero pronto vi que intentar llegar a esa fuente no era la mejor idea que había tenido (y he tenido ideas muy malas, creedme). El terreno pronto empeoró, con fuertes pendientes y cárcavas que lo hacían casi impracticable. Yo no soy el más listo de mi barrio, pero aún me queda algo de sentido común, así que di la vuelta, retomé el camino pasando por dos aljibes que me llevé de regalo (metafóricamente hablando, se entiende) y seguí con mi ruta.
Quizá más adelante investigue si hay una forma más accesible de llegar a la dichosa fuente, pero de momento la dejaré donde está, que una fuente, por muy chula que sea, no vale una pierna rota.
Si te ha gustado esta entrada y quieres dejar un comentario, puedes encontrarme en Mastodon.