Una papilla de arroz muy provechosa y el ataque del temible abejonejo
Dispuesto a llenar mis depósitos de glucógeno como si estuviese echando gasolina a cincuenta céntimos el litro, el otro día encontré en el súper del barrio una papilla de arroz compuesta en un noventa y nueve por ciento por harina de arroz. O sea, hidratos a cascoporro. En la caja indicaba que estaba destinada a infantes de cuatro meses en adelante, y me dije que ey, yo tenía más de cuatro meses, así que me decidí a probarla.
Estuve los dos o tres días anteriores al domingo, día de la tirada larga, tomando un poco de esa papilla disuelta en algo de leche. Y esta mañana ha supuesto mi desayuno junto con unos cereales tipo corn flakes. Como ya me salían los hidratos por las orejas me calcé las zapatillas y salí a correr.
Ya había decidido un poco cual iba a ser mi ruta del día, pero a mitad de camino me puse a improvisar. Al pasar por las cercanías de la fuente del moro (aquella fuente maldita que está más escondida que el arca de la alianza) tomé un estrecho sendero que se abría a un lado. Este sendero se iba haciendo más impracticable a medida que avanzaba, y en algunos puntos se confundía con el cauce seco de uno de los muchos arroyos que discurren por la zona. Parte de ese camino lo tuve que hacer trotando o directamente caminando, debido a las ramas bajas y al terreno, pero al final acabé saliendo a una zona conocida, con unos aljibes antiguos muy chulos.
Continué corriendo por una parte nueva que aún no habían pisado mis pies, así que preferí llevar el móvil en la mano para orientarme, ya que estaba repleta de distintos cruces de caminos. En ese punto fue cuando pasé por una zona con unas pocas colmenas de abejas, situadas a unos diez o doce metros del camino. No colmenas naturales, aquellas en las que Winnie the Pooh gustaba de hurtar su miel a las abejas, sino esas cajas de madera repletas de panales cuadrados. Como no se veía movimiento, y ya que estaba en el meollo del asunto, continué adelante. Ya había pasado la última de las colmenas cuando escuché lo peor que se puede escuchar en esa situación: un intenso zumbido justo a mi espalda. Mis conocimientos de las abejas son más bien escasos, y se limitan a aquella vez, muy graciosa, en la que una me picó en la punta de la nariz (algún día os contaré esa historia), así que me lié a pegar manotazos hacia atrás.
Se ve que al bicho en cuestión no le hizo mucha gracia, porque me empezó a embestir, y uso bien esa palabra, con una fuerza inaudita, que me hizo pensar que más que a una abeja me enfrentaba al abejonejo de aquel anuncio de la tele. Viendo que no me iba a poder librar de él así como así, decidí tomar el honroso camino de la huida, así que me marqué un sprint de los que hacen historia. De hecho, al volver a casa he revisado la ruta en el móvil y se ve claramente el punto en el que sufrí tan cobarde ataque, porque es una zona de un color rojo oscuro que muestra la velocidad a la que iba.
No iba a ser ese el último susto del día, porque cuando ya estaba acabando la ruta tuve un tropiezo con una piedra en una bajada bastante tendida que me hizo dar dos o tres pasos avanzando a trompicones. Por mi cabeza pasó aquella vez en la que besé la lona con resultado de una herida muy fea en la palma de la mano y en la cara exterior de la rodilla derecha, pero en esta ocasión, más por pura suerte que otra cosa, conseguí recuperar el equilibrio y no caer al suelo.
Ya de vuelta, y mientras escribo esta entrada, he podido constatar que me encuentro mucho mejor que otros días, menos cansado. De hecho acabo de salir a tirar la basura y llevaba un paso ligero, nada propio en mí cuando vuelvo de correr. Así que puedo decir que la papilla de arroz funciona, que seguiré tomándola de forma habitual, especialmente los días antes de las tiradas largas. Y puedo decir que estoy contento, por ver que sigo avanzando, paso a paso en mi objetivo de correr una media maratón.
Pero sobre todo estoy contento porque hoy me he enfrentado al temible abejonejo y he salido victorioso.
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