Speculoos, pastores alemanes y una zona militar

Hoy ha sido una mañana entretenida. Como durante la semana no había podido correr por el tiempo (vamos, poder podía, pero tampoco se me va la vida en esto como para calarme hasta los huesos), hoy he hecho una tirada un poco más larga.

El día comenzó muy frío, con un aire que cortaba. Pertrechado con gorro, braga y cortavientos, me eché a los caminos. Mucho charco y mucho barro, como era de esperar. La ruta avanzaba bien, cruzándome con alguna persona más de lo que suele ser habitual por esos parajes. Se notaba que hoy no iba a llover y que la gente tenía ganas de salir.

En un momento dado vi un perro a lo lejos. Se trataba de un pastor alemán que corría y jugaba como si mañana no tuviese que madrugar para ir a trabajar (sigh). Detrás del perro, como suele ser habitual, apareció la dueña, igualmente despreocupada y con la correa sobre los hombros. El perro, al ver un juguete nuevo ante sus húmedas narices, se lanzó hacia mí como alma que lleva el diablo, mientras su dueña lo llamaba. Yo, que soy amigo hasta de los piojos, le dije que no pasaba nada, que no se preocupase. Claro, eso fue hasta que el hijo de Satá... digo, el perro, me empezó a tirar bocados a las zapatillas. Ahí, no os lo niego, me empecé a preocupar.

Como se ve que el perro no se conformaba con el plástico de las zapatillas, pronto comenzó a dirigir sus dentelladas un poco más arriba, hacia uno de mis gemelos, que poco faltó para verse transformado en hijo único. La dueña seguía con su «es que es muy bruto, perdona». Y yo seguía con mi «no pasa nada, tranquila», pero me tuve que marcar un esprint de los que hacen época.

Después de eso acabé investigando algún camino nuevo, y uno de ellos me llevó a la valla metálica que delimita una zona militar. No sé que hacen allí (cosas militares, como diría Peter Griffin), pero preferí dar la vuelta por si algún recluta con mala puntería erraba el disparo de un obús.

A esas alturas de la mañana ya hacía calorcete. Sobraba braga, sobraba gorro y sobraba de todo. Me apreté mi nuevo gel sabor speculoos (sabor dulce de leche, vamos, pero mola el nombre), y continúe corriendo, esta vez por caminos más conocidos.

Fue en ese momento, al acercarme a una curva, cuando escuché un «vamos, vamos» que, con mi perspicacia habitual, me hizo sospechar que algo venía. Y efectivamente, tres ciclistas armados (digo bien) con enormes bicicletas de esas que tienen unas ruedas que parecen salidas del siglo XIX irrumpieron frente a mí a toda velocidad. Pude esquivar a los dos primeros, pero el tercero venía derechito hacia mí. Yo solo podía mirar su casco integral, hipnotizado como un conejo ante los faros de un coche. Por suerte el ciclista en cuestión era bastante ducho en estas lides y fue él quien me esquivó a mí.

Por fin, después de los sustos de la salida, emprendí el camino de vuelta a casa con el corazón en la garganta, el speculoos en el estómago y las piernas machacadas. Agotado pero feliz.