El mejor invento sueco después de las albóndigas y una carrera a muerte con un galgo

Esta mañana he hecho una cosa muy divertida (divertida de verdad, no como las otras veces que lo digo) que se llama fartlek.

Significa «juego de velocidad» en sueco, y consiste en correr alterando el ritmo y la intensidad un poco como te venga en gana. Es decir, como un entrenamiento de intervalos pero sin estar encorsetado en cuatro series de 400m con 30” de descanso, por ejemplo. Vamos, lo que todos hemos hecho cuando éramos niños: correr por diversión, a veces más deprisa y a veces más despacio. Lo desarrolló un señor muy simpático (y muy sueco) llamado Gösta Holmér allá por 1930. Y digo yo que si después de casi cien años lo seguimos utilizando muy malo no será.

Pues bien, después del preceptivo calentamiento, y ya con las piernas a tope, comencé a correr. Hoy he salido por una zona peatonal que tengo cerca de casa, muy extensa y con un buen número de cruces, algunos de ellos con unas rampas terribles. Vamos, un terreno bastante propicio para mis siniestros y suecos fines. Cuando lo consideré oportuno, aumenté la velocidad hasta un ochenta por ciento, digamos, de mi velocidad máxima. ¿Hasta dónde? Pues hasta donde yo quise. Hasta ese árbol de ahí, por ejemplo. Cuando llegué al árbol en cuestión volví a correr a un ritmo cómodo, y al doblar un recodo aumenté de nuevo para ir, esta vez sí, a tope.

Y así estuve un buen rato. Claro, la gente me miraba como si me faltase un tornillo, más de uno pensando si acaso no me habrían metido unos cables pelados por salva sea la parte, con esos arrebatos que me daban. Pobres desconocedores de la magia sueca. Y entonces me encontré con una mujer y su hijo, que estaban paseando a su perro, un galgo precioso. No sé si alguna vez os he dicho que estoy in love con los galgos, como la niña esa del anuncio con su casa. Son unos perros que me encantan, no puedo evitarlo.

Este era completamente negro, y tenía un carácter alegre, no como otros que suelen ser más asustadizos. Fue pasar a su lado, saludando a la mujer y a su hijo como buen vecino que soy, y el galgo pegó un brinco que por un momento no supe si era un galgo o una liebre. Acudió trotando a mi lado y comenzó a acompañarme, apretando el paso cada vez un poco más. Yo, como veía que la mujer no decía nada, pensé que no le importaría que el galgo se alejase un poco de ellos (recordad que estábamos en una zona peatonal, muy alejada del tráfico rodado), así que me dije que qué demonios, que cuándo iba yo a tener otra oportunidad como esta.

Aceleré un poco más y me puse a su altura. El galgo me miraba como diciendo «qué tipo tan divertido me he encontrado» y yo le miraba como diciendo «que estoy haciendo una movida sueca que se llama fartlek, chaval, te voy a destrozar». Es difícil reflejar eso con solo una mirada, pero creo que lo conseguí bastante bien. Aceleré otro poco y adelanté al cánido, pero no por mucho tiempo, porque enseguida me volvió a coger, aparentemente sin esfuerzo. El condenado se lo estaba pasando pipa. Así que me puse a tope, con la noble intención de borrar esa sonrisa de su cara. Pero cuando ya estaba a punto de echar el hígado, diría que literalmente, el galgo apareció una vez más a mi lado, con una mirada que pedía más carrera.

En ese momento, claro, mandé a Gösta Holmér, al fartlek y hasta a la mismísima Ikea a freír espárragos, di la vuelta en una rotondita y regresé al sitio donde estaba su dueña, que se estaba partiendo de risa viendo cómo los dos nos habíamos picado. Cuando llegué a su lado farfullé como pude que ya se lo devolvía. La mujer me dio las gracias, el galgo se quedó por allí correteando como si no hubiese pasado nada y yo volví a casa, tratando de mantener el desayuno en el estómago pero sabiendo que había hecho un nuevo amigo de cuatro patas.


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