Un ataque aéreo, un perro bomba y el corredor más masoquista de la historia

Hoy tenía intención de salir a correr por asfalto. Como ya sabéis estoy saliendo de una rotura de fibras (que ya puedo considerar recuperada del todo) y de unas molestias en el empeine del pie derecho que desaparecieron «mágicamente» gracias a la vuelta del calzado minimalista. Y como ese calzado requiere un periodo de adaptación, y hace bastante que no corría con él, he preferido salir sobre asfalto durante una temporada, ya que al ser un terreno más llano le exige menos a mis piececitos.

Pero hoy, cuando me disponía a coger la carreterita de siempre, he mirado hacia el camino que se interna en la zona forestal por la que llevaba a cabo mis fechorías. Y ese camino me ha devuelto la mirada, como el abismo del tipo aquel, y me ha hecho ojitos. Y claro, no he podido contenerme. Así que he comenzado a levantar polvo y pisar piedras como si no hubiese un mañana.

Ese primer tramo es un camino bastante ancho, muy llano, pero esta plagado de piedrecitas sueltas. Cuando corres por ese tipo de terreno con calzado convencional no hay problema, pero cuando lo haces con unas suelas de caucho de cinco milímetros... Os podéis imaginar. Me he clavado todas las piedras del mundo en partes de la planta del pie que no sabía ni que existían. ¿Y sabéis qué? Que me ha gustado. Y entonces me ha dado por pensar que los corredores, y los deportistas en general, tenemos algo de masoquistas, porque no es normal sufrir dolores, fatiga y ganas de dejarte caer allí donde estés para no levantarte jamás y a los dos días volver a pasar por lo mismo como si tal cosa.

Pero en fin, cuestiones filosóficas aparte, yo seguía corriendo. Ya me había internado un poco más en la zona forestal, y trotaba tan contento por los caminos que tantas veces he recorrido, cuando sufrí el primero de los dos cobardes ataques que atentaron contra mi persona en el día de hoy. Pero esta vez con la novedad de que ese ataque no vino por tierra. Lo hizo por el aire. Un pájaro (disculpadme los pajarólogos que me lean, pero el miedo me impidió identificar la especie) hizo un vuelo rasante de derecha a izquierda, pasándome por delante de las narices. Que ríase usted de Cary Grant en Con la muerte en los talones, vamos. Como vio que su ataque no había surtido efecto, el mismo pájaro, u otro similar, no sabría decir, hizo una nueva pasada, esta vez de izquierda a derecha. Pero con la salvedad de que el maldito bicho soltó su carga mientras me sobrevolaba. Os juro que escuché el impacto de sus heces contra (gracias a los dioses) el suelo. No me cayó encima por muy poco.

Una vez me vi a salvo, y siempre mirando más al cielo que al suelo, comencé una subida con una pendiente bastante importante. Hacia la mitad de la rampa escuché una voz de mujer diciendo «Curro, ven aquí». Levanté la vista y la vi aparecer tras un recodo del camino, junto a lo que me parecía un cruce de podenco que imaginé sería el tal Curro. Pues bien, la mujer, muy maja, se detuvo para dejarme pasar, mientras mantenía a Curro junto a su pierna. Pero el cánido, que por lo visto quería conocer gente, la ignoró y se acercó a mí. Como veía que sus intenciones no eran malas, dejé de correr mientras extendía la mano para saludar a un perro tan simpático. Craso error.

Cuando Curro estaba a apenas un par de metros de mí, comencé a escuchar un «pi-pi-pi» que no me parecía en absoluto uno de los sonidos que se pueden escuchar en medio de la naturaleza, pero no me preocupé. No lo hice hasta que Curro llegó a mi lado y observé con pasmo que tenía un artefacto negro bastante voluminoso adherido al collar. En ese momento comenzó a pitar aún más rápido con su «pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi» y claro, me asusté. Y le pregunté a la mujer que si era un perro bomba, para salir corriendo. Ella se empezó a reír con ganas (aunque no lo negó) y me dijo que solo pitaba, que al perro no le hacía daño.

Aún receloso me alejé, y seguí con un camino que concluyó sin más novedades. Llegando a casa me dio por pensar que los animales del campo igual me habían atacado porque se habían enfadado conmigo por llevar tanto tiempo sin ir a visitarlos (en mi cabeza yo soy un poco como Radagast el Pardo cuando salgo a correr entre conejos y batracios), y me hice la firme promesa de no volver a dejarlos de lado tanto tiempo.

Solo espero que los dolores me respeten y me permitan cumplir mi promesa.


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