Un batracio vacilón y lo que tiene correr con la cabeza

En mi búsqueda de la media maratón, hoy tocaban dieciséis kilómetros. No estaba seguro de si podría hacerlos, las cosas como son, porque el miércoles fui al fisio a que me diese un repaso en el culo y me lo dejó un poco bastante hecho puré. Pero vaya, como hoy estaba algo mejor decidí probar suerte, y si tenía que reducir la distancia tampoco había mayor problema.

Antes de seguir, deberíais saber una cosa del trail running. En este deporte no se corre siempre, hay muchos tramos (las subidas terribles que nos solemos encontrar) que se hacen caminando, a veces ayudándose de bastones o sin ellos, eso ya es cosa de cada uno. No sé si os habréis percatado, pero aquí, un servidor, es un poco bruto. Un poco demasiado, diría yo. Y cuando me empeño en algo me empeño con ganas. Así que durante mis salidas yo no caminaba nunca, a no ser que fuese estrictamente necesario. Vamos, que mientras tuviese piernas yo subía corriendo. Y claro, eso está muy bien si no haces muchos kilómetros, pero cuando los números empiezan a aumentar no hay dios que lo soporte. Y así acababa, exhausto como poco. Pero eso iba a cambiar, porque esta semana estuve buscando información sobre en qué punto hay que pasar de correr a caminar.

En ese pozo infect... digo, en ese pozo de sabiduría que es internet encontré varias webs que hablaban del tema. Se me llenó la cabeza de porcentajes, desniveles y muchos otros datos que no sabía por dónde coger, y ya me veía como el prota de Una mente maravillosa, sacando la pizarra antes de una subida y echando cuentas para ver cómo tenía que afrontarla. Hasta que encontré un sitio en el que lo explicaban para gente normal que no tiene un máster en física complicada por la Universidad de Mascachuches. La idea es que, si comienzas a subir dando más saltitos verticales que corriendo desplazándote en horizontal, estás haciendo el canelo (esto último es de cosecha propia). En ese punto es cuando correr no compensa, y el gasto energético es superior a la ventaja que puedes sacar corriendo. Fácil, ¿no? No sé si la ciencia avalará esta afirmación, pero a mí me vale como guía.

Pues dicho esto, vamos al lío, que yo sé que lo que os gusta es verme sufrir y no que os cuente mis películas.

Los primeros kilómetros fueron muy bien. La mañana no estaba especialmente calurosa, y unas pocas nubes se encargaban de tapar el sol. Afronté las primeras rampas duras con ganas, pero en cuanto vi que empezaba con los «saltitos» dejé de correr y me puse a caminar. A caminar rápido, se entiende, no de paseo. Después de unas cuantas subidas así vi que estaba mucho más entero que otras veces, y el ritmo de carrera no aumentaba tanto como se podía suponer. Es más, al final de la tirada acabé haciendo solo diez segundos más por kilómetros que en otras ocasiones, lo que no es significativo (al menos para mí).

En una de esas subidas, la que conduce a la atalaya, de la que ya os he hablado en otras ocasiones, vi algo unos metros más adelante que se movía hacia mí. Era demasiado pequeño para ser un conejo, y en un primer momento pensé que se trataba de un ratón. Pero el hecho de que no saliese huyendo me descolocó un poco. Tras dos o tres pasos me detuve, y mi misterioso adversario hizo lo propio. Se trataba de un sapo, o quizá una rana, la verdad es que no sé distinguirlos, así que de aquí en adelante me dirigiré a él como batracio. Pues bien, el animalejo estaba en todo el centro de un camino bastante estrecho, sin posibilidad de esquivarlo debido a lo impracticable de ese tramo concreto. Y el batracio en cuestión no tenía ninguna intención de esquivame a mí. Muy al contrario, abrió las patas delanteras e hinchó el pecho, como si quisiese hacerse más grande. Yo pensé que es justo lo que se recomienda hacer cuando te ataca un oso o un perro, y me alegró ver que el bichejo tenía la lección bien aprendida. Pero en ese momento tuve la duda de qué pasaría si pasaba junto a él, a escasos centímetros. ¿Me saltaría encima? Yo tengo una pequeña fobia con los saltamontes, y el que un batracio me salte a la pierna no entra dentro de lo que yo considero divertido. Pero algo tenía que hacer, así que me armé de valor y camine firme y decidido hacia mi rival. Debo decir que ambos nos comportamos muy dignamente, ninguno reculó ni un milímetro. Juraría que cuando lo dejé atrás el batracio me miraba de reojo con una gota de sudor cayéndole por la frente, pero de esto no puedo estar seguro al cien por cien.

Continué camino sin mayor incidente, salvo el de un señor de unos sesenta años que me aplaudió cuando pasé a su lado y me dijo que estaba en muy buena forma física. Yo le dije que hacía lo que podía, intentando no escupir ningún trozo de hígado al hablar, y me alegré de ver que ya tenía mi primer seguidor (porque el abejonejo del otro día no cuenta como seguidor, aunque me siguiese varias decenas de metros).

Por fin, llegué a la ansiada meta, mi casa, habiendo conseguido meter los dieciséis kilómetros que me había propuesto. Durante los últimos minutos tuve unas pequeñas molestias en los empeines, pero nada preocupante, creo.

Y mi culo respondió perfectamente, de lo cual me alegro.


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