Un sorprendente perro mochila y el multiverso del minimalismo

Quienes me leéis a través de Mastodon ya sabréis que he estado con COVID, así que mis salidas a correr colina arriba y colina abajo se han reducido a cero en estos días. Pero por suerte ya estoy recuperado por completo y hoy, aprovechando el buen tiempo, he probado a hacer mi primera salida tras la enfermedad.

Ya de primeras las piernas me respondían bien y me pedían más y más ritmo, pero como quien mucho corre pronto para, preferí desoír sus cantos de sirena cual Odiseo del s. XXI y seguir a un ritmo llevadero, no fuese a ser. Al poco de entrar en la zona forestal por la que suelo deambular vi a lo lejos a un hombre paseando con su perro, que era bastante grande, debo añadir. El perro no parecía agresivo, ni mucho menos; andaba correteando tan feliz de acá para allá por el camino, pero la verdad es que al dueño no le hacía mucho caso. Pues bien, cuando pasé a su altura, saludando como hago siempre, el perro se giró y me miró fijamente. Y os juro que en sus ojos vi con toda la claridad del mundo sus pensamientos, que traducidos al idioma humano serían algo así como «anda, un juguete nuevo». Pese a que intenté reducir mi presencia hasta convertirme en una roca, mucho me temo que no sirvió de nada. Según lo adelanté, el cánido comenzó a saltar cada vez más y más alto (recuerdo que era un perro grande, debía rondar los veinte o treinta kilos), hasta que pensé que se me iba a colgar de la chepa como si fuese una mochila. El dueño, mientras tanto, no hacía más que llamarlo para que se estuviese quieto, pero el perro ni caso. Se veía que el animal solo quería jugar, pero claro, si un bicho con ese tamaño se te cuelga de la espalda el juego no es muy divertido, la verdad, así que apreté el paso hasta que por fin lo dejé atrás, o quizá encontró otra víctima de la que colgarse, qué sé yo.

Ya más tranquilo me interné en el monte, y comencé a andurrear por caminos que por lo general son más solitarios debido a lo escarpado de los mismos. Cuando ya llevaba un buen rato disfrutando de la soledad creí escuchar unos pasos algo más adelante. Y efectivamente, alcancé a ver a otro corredor unos metros por delante de mí, aunque justo dobló un recodo del camino y no puede echarle más que un vistazo. Pero había algo extraño en él, aunque en un principio no supe identificar qué era. Poco a poco le iba recortando terreno, y cada vez me daba tiempo a verlo durante más tiempo antes de que desapareciese tras la siguiente curva. Por fin ambos salimos a un terreno más abierto, y entonces comprendí lo que me había chocado tanto.

Ambos íbamos vestidos exactamente igual.

Los dos llevábamos una camiseta negra, un pantalón corto azul oscuro y una gorra marrón claro. Ya sé que no son colores muy extravagantes, pero resulta raro encontrarte en una zona tan solitaria con alguien llevando lo mismo que tú. La única diferencia estaba en el calzado; yo llevaba mis minimalistas verdes y él un calzado más tradicional, en color amarillo. Pero había algo más, porque aquel tipo tenía un estilo de correr muy parecido al mío. Un poco destartalado, por así decirlo.

Cuando me acerqué algo más a él vi otra cosa que me mosqueó un poco: tenía el pelo completamente blanco, y parecía bastante mayor. Y entonces me dio por pensar que estaba en un episodio de La dimensión desconocida, y que mi yo del futuro había viajado al pasado para encontrarse conmigo, o peor aún, que un yo no minimalista de un universo alternativo había cruzado un agujero de gusano y estaba justo delante de mí.

Sea como fuere, el tipo se dirigía a una zona que solo daba tres opciones, y las tres consistían en unas subidas bastante importantes. Y cuando digo bastante importantes quiero decir que son terroríficas. Claro, yo solo pensaba en que ese hombre, que parecía entrado en años, igual tendría que darse la vuelta si no sabía por dónde iba. Pues bien, al llegar a la intersección giró a la derecha, hacia la subida que lleva a la atalaya, una torre de roca que pertenece al ejército y que tiene una vista privilegiada. La subida no es demasiado larga, pero tiene una pendiente de aúpa. Y el hombre no dudó ni un segundo. Continuó corriendo como si tal cosa.

Hacia la mitad de la pendiente aflojó el ritmo (por fin) y comenzó a caminar, así que lo adelanté por una zona algo más ancha del sendero. Cuando los dos nos pusimos a la altura vi que debía tener en torno a sesenta o setenta años. Nos miramos unos instantes sin decir nada, pero estoy seguro que en mis ojos pudo ver claramente lo que yo pensaba. «Ey, yo de otro universo, conozco tu secreto. Bienvenido a nuestro mundo, tío». Yo, por mi parte, vi en los suyos algo así como «y este colgao por qué me mira tan fijamente», pero no puedo estar seguro. El caso es que si hubiésemos coincidido con otro corredor vestido igual pero que fuese en sandalias, o directamente descalzo, podríamos haber escenificado muy bien el meme aquel donde los tres Spider-Man se señalan unos a otros. Una pena, pero otra vez será.

Al final todo quedó en un aburrido «buenos días, ánimo». Yo seguí con mi ruta y él siguió con la suya, pero si he visto algo de ciencia ficción en mi vida, tengo la sospecha de que nos volveremos a encontrar.


Si te ha gustado esta entrada y quieres dejar un comentario, puedes encontrarme en Mastodon.