Una apisonadora contra un bailarín de ballet
Hoy me he encontrado a otro tipo corriendo. Diréis que eso no es nada raro, pero por los parajes en que me muevo no es lo más habitual. Gente paseando al perro por los caminos principales, o algún senderista cuando la cosa se complica un poco. Pero en cuanto me interno por los caminos de cabras no suelo ver a mucha gente.
Así que, cuando esta mañana salí de un sendero muy abrupto y me incorporé a otro que no estaba mucho mejor, me sorprendió ver que por ese camino aparecía otro lunátic... este... otro corredor.
Los dos fuimos unos cuantos minutos más o menos a la misma velocidad, yo por delante y él unos metros detrás de mí. Pero a medida que pasaba el tiempo sentía que los pasos se iban acercando más. Como es lógico, en cuanto vi que el camino se ensanchaba un poco me eché a un lado y le hice una señal para que me adelantase. El chico, muy amable, me agradeció el gesto y se disculpó por hacerme frenar. Una vez me adelantó, y con las tornas cambiadas, fui observando su forma de correr. Llevaba una zancada larga, y mantenía una línea casi recta por todo el sendero, sin apenas fijarse dónde pisaba.
Yo en cambio, mientras con un ojo lo observaba a él, con el otro iba mirando unos metros por delante de mí, haciendo un mapa en mi cabeza de cada piedra y cada raíz que se cruzaba en mi camino, recorriendo el sendero con pasos cortos y moviéndome de lado a lado para buscar siempre la mejor trazada.
Ya sabéis que no siempre he corrido con calzado minimalista. Antes lo hacía con un calzado más tradicional, específico para trail running. Pero no ha sido hasta ahora, tras coincidir durante un buen tiempo con este corredor, que me he dado cuenta de la enorme diferencia entre correr con un calzado y hacerlo con otro. El calzado tradicional ofrece más protección, lo que permite correr como si fueses una apisonadora, sin prestar atención a las piedras más pequeñas (aunque por supuesto hay que ir pendiente del camino, claro). Pero con el calzado minimalista, ay amigo. Con ese calzado cambia mucho la cosa. Como te despistes un poco y no mires dónde pones los pies llegas a casa como si hubieses pisado todas las piezas de la Torre Eiffel de Lego al levantarte por la noche a hacer pis.
Y vosotros os preguntaréis: «oh, perfecto cretino. Entonces, ¿por qué corres con esas zapatillas?». Bien, me alegra que me hagáis esa pregunta. Pues porque es más divertido. Porque te obliga a poner los cinco sentidos en la carrera, y porque en todo momento estás en contacto con el suelo que pisas. Y también porque pienso que, con la transición adecuada, es mejor correr con este calzado. Por lo menos en mi caso he experimentado más dolores y problemas con las zapatillas tradicionales que con las minimalistas, con las que tuve solo una lesión y fue única y exclusivamente culpa mía por hacer el bruto.
Seguía pensando en estas y otras cosas cuando finalmente perdí de vista al otro corredor. Él continuó por el camino y yo tomé otro para dar una pequeña vuelta antes de volver a casa, que hoy tenía ganas de guerra. Cuando ya nos habíamos separado me dio por pensar que, igual que yo había estado observando su forma de correr mientras iba por delante de mí, él habría hecho lo mismo mientras yo lo precedía. Y también me dio por pensar que quizá ahora mismo él está escribiendo en un blog que hoy ha visto a un tipo súper extraño que corría con unas zapatillas que parecían de ballet y que iba saltando de izquierda a derecha como si estuviese en el lago de los cisnes. Así que me tiré todo el camino de vuelta a casa riendo a carcajada limpia.
Lo que, como no, supone el remate perfecto a un gran día de correr por los caminos.
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