urracas

Dos urracas se lo montaban encima de un pórtico de señales de la autovía, mientras los vehículos pasábamos por debajo. Cuánta indecencia animal en un lugar tan civilizado como es el lugar por el que circulan los humanos, tan respetuosos los unos con los otros y conscientes de sus maniobras con respecto a los congéneres que comparten la misma vía.

Las urracas, ese animal que difícilmente veremos atropellado pero que se aprovecha de todos los atropellamientos que hemos hecho. Me pido ser padrino de alguno de los huevos engendrados en el pórtico de señales mientras yo pasaba por debajo. Y, por pedir, me gustaría que mi ahijade viniese a posarse en mi hombro, cual pirata del caribe, y pasease conmigo por las calles del pueblo.

—Anda, ¿y esa urraca que llevas en el hombro? —Es mi ahijade de la autovía. Yo le atropello bichos y ella se me los come. —Qué asco. —Eso es porque no eres urraca [aunque lo parezcas].

La vida nos manda señales y otras especies las aprovechan para fornicar. Bienaventuradas las urracas.