Diario de un corredor minimalista

Aventuras y desventuras de un primate en zapatillas

A menudo se habla de la importancia de la práctica del deporte para mantener un buen estado de salud física, pero hoy quiero destacar la importancia del deporte para ayudar a la salud mental.

Llevo unos días que, entre los problemas domésticos, los problemas laborales, y el tiempo que hemos tenido las últimas semanas, ando algo bajo de moral. Pues durante esos días (y hoy especialmente) he esperado mis salidas a correr por el monte como un niño espera el furgón de los helados en cualquier película yanki. El deporte está siendo una verdadera tabla de salvación, en resumidas cuentas.

Y mira que, aunque hoy el día se prometía soleado (en la zona centro, al menos), la tarde ha sido horrible: mucho aire y cielo nublado amenazando lluvia durante toda la salida. Es más, hoy no me he encontrado con ninguna unidad de ser humano en todo el camino. Sí que ha habido alguna unidad conejil que se ha escondido al verme, pero a eso ya estoy acostumbrado (a los conejos, no a que se escondan al verme, que incluso corren a mi lado de vez en cuando). El caso es que, pese a lo desapacible de la tarde, he vuelto a casa en un estado de calma absoluta, con los problemas aún ahí, pero un poquito más lejos que antes de salir.

Así que os animo a practicar algún deporte que os motive, el que sea. Puede ser correr, puede ser montar en bici, el fútbol, el baloncesto o simplemente caminar. No será la solución definitiva, pero ayudar ayuda.


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Hoy ha sido una mañana entretenida. Como durante la semana no había podido correr por el tiempo (vamos, poder podía, pero tampoco se me va la vida en esto como para calarme hasta los huesos), hoy he hecho una tirada un poco más larga.

El día comenzó muy frío, con un aire que cortaba. Pertrechado con gorro, braga y cortavientos, me eché a los caminos. Mucho charco y mucho barro, como era de esperar. La ruta avanzaba bien, cruzándome con alguna persona más de lo que suele ser habitual por esos parajes. Se notaba que hoy no iba a llover y que la gente tenía ganas de salir.

En un momento dado vi un perro a lo lejos. Se trataba de un pastor alemán que corría y jugaba como si mañana no tuviese que madrugar para ir a trabajar (sigh). Detrás del perro, como suele ser habitual, apareció la dueña, igualmente despreocupada y con la correa sobre los hombros. El perro, al ver un juguete nuevo ante sus húmedas narices, se lanzó hacia mí como alma que lleva el diablo, mientras su dueña lo llamaba. Yo, que soy amigo hasta de los piojos, le dije que no pasaba nada, que no se preocupase. Claro, eso fue hasta que el hijo de Satá... digo, el perro, me empezó a tirar bocados a las zapatillas. Ahí, no os lo niego, me empecé a preocupar.

Como se ve que el perro no se conformaba con el plástico de las zapatillas, pronto comenzó a dirigir sus dentelladas un poco más arriba, hacia uno de mis gemelos, que poco faltó para verse transformado en hijo único. La dueña seguía con su «es que es muy bruto, perdona». Y yo seguía con mi «no pasa nada, tranquila», pero me tuve que marcar un esprint de los que hacen época.

Después de eso acabé investigando algún camino nuevo, y uno de ellos me llevó a la valla metálica que delimita una zona militar. No sé que hacen allí (cosas militares, como diría Peter Griffin), pero preferí dar la vuelta por si algún recluta con mala puntería erraba el disparo de un obús.

A esas alturas de la mañana ya hacía calorcete. Sobraba braga, sobraba gorro y sobraba de todo. Me apreté mi nuevo gel sabor speculoos (sabor dulce de leche, vamos, pero mola el nombre), y continúe corriendo, esta vez por caminos más conocidos.

Fue en ese momento, al acercarme a una curva, cuando escuché un «vamos, vamos» que, con mi perspicacia habitual, me hizo sospechar que algo venía. Y efectivamente, tres ciclistas armados (digo bien) con enormes bicicletas de esas que tienen unas ruedas que parecen salidas del siglo XIX irrumpieron frente a mí a toda velocidad. Pude esquivar a los dos primeros, pero el tercero venía derechito hacia mí. Yo solo podía mirar su casco integral, hipnotizado como un conejo ante los faros de un coche. Por suerte el ciclista en cuestión era bastante ducho en estas lides y fue él quien me esquivó a mí.

Por fin, después de los sustos de la salida, emprendí el camino de vuelta a casa con el corazón en la garganta, el speculoos en el estómago y las piernas machacadas. Agotado pero feliz.


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