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from Diario de un corredor minimalista

Hoy me he encontrado a otro tipo corriendo. Diréis que eso no es nada raro, pero por los parajes en que me muevo no es lo más habitual. Gente paseando al perro por los caminos principales, o algún senderista cuando la cosa se complica un poco. Pero en cuanto me interno por los caminos de cabras no suelo ver a mucha gente.

Así que, cuando esta mañana salí de un sendero muy abrupto y me incorporé a otro que no estaba mucho mejor, me sorprendió ver que por ese camino aparecía otro lunátic... este... otro corredor.

Los dos fuimos unos cuantos minutos más o menos a la misma velocidad, yo por delante y él unos metros detrás de mí. Pero a medida que pasaba el tiempo sentía que los pasos se iban acercando más. Como es lógico, en cuanto vi que el camino se ensanchaba un poco me eché a un lado y le hice una señal para que me adelantase. El chico, muy amable, me agradeció el gesto y se disculpó por hacerme frenar. Una vez me adelantó, y con las tornas cambiadas, fui observando su forma de correr. Llevaba una zancada larga, y mantenía una línea casi recta por todo el sendero, sin apenas fijarse dónde pisaba.

Yo en cambio, mientras con un ojo lo observaba a él, con el otro iba mirando unos metros por delante de mí, haciendo un mapa en mi cabeza de cada piedra y cada raíz que se cruzaba en mi camino, recorriendo el sendero con pasos cortos y moviéndome de lado a lado para buscar siempre la mejor trazada.

Ya sabéis que no siempre he corrido con calzado minimalista. Antes lo hacía con un calzado más tradicional, específico para trail running. Pero no ha sido hasta ahora, tras coincidir durante un buen tiempo con este corredor, que me he dado cuenta de la enorme diferencia entre correr con un calzado y hacerlo con otro. El calzado tradicional ofrece más protección, lo que permite correr como si fueses una apisonadora, sin prestar atención a las piedras más pequeñas (aunque por supuesto hay que ir pendiente del camino, claro). Pero con el calzado minimalista, ay amigo. Con ese calzado cambia mucho la cosa. Como te despistes un poco y no mires dónde pones los pies llegas a casa como si hubieses pisado todas las piezas de la Torre Eiffel de Lego al levantarte por la noche a hacer pis.

Y vosotros os preguntaréis: «oh, perfecto cretino. Entonces, ¿por qué corres con esas zapatillas?». Bien, me alegra que me hagáis esa pregunta. Pues porque es más divertido. Porque te obliga a poner los cinco sentidos en la carrera, y porque en todo momento estás en contacto con el suelo que pisas. Y también porque pienso que, con la transición adecuada, es mejor correr con este calzado. Por lo menos en mi caso he experimentado más dolores y problemas con las zapatillas tradicionales que con las minimalistas, con las que tuve solo una lesión y fue única y exclusivamente culpa mía por hacer el bruto.

Seguía pensando en estas y otras cosas cuando finalmente perdí de vista al otro corredor. Él continuó por el camino y yo tomé otro para dar una pequeña vuelta antes de volver a casa, que hoy tenía ganas de guerra. Cuando ya nos habíamos separado me dio por pensar que, igual que yo había estado observando su forma de correr mientras iba por delante de mí, él habría hecho lo mismo mientras yo lo precedía. Y también me dio por pensar que quizá ahora mismo él está escribiendo en un blog que hoy ha visto a un tipo súper extraño que corría con unas zapatillas que parecían de ballet y que iba saltando de izquierda a derecha como si estuviese en el lago de los cisnes. Así que me tiré todo el camino de vuelta a casa riendo a carcajada limpia.

Lo que, como no, supone el remate perfecto a un gran día de correr por los caminos.

 
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from Unboxing

La semana pasada compré un disco SSD externo de 2TB a un buen precio. Tan buen precio que me parecía una estafa, pero después de leerme tropecientas reseñas positivas al final decidí llevarme la única unidad que quedaba.

Ayer, a ultima hora de la tarde, llegó y juro que hasta que no vi al repartidor con el paquete no respire tranquilo. Estaba hasta nervioso, que no me había pasado desde hace 20 años que se me ocurrió comprar un violín en una subasta de eBay. Sí, un violín que está cogiendo polvo en el camarote porque después de varios intentos pensé que el mundo no se merecía tanto sufrimiento.

Bueno, que me desvío del tema. Como por lo visto ahora está de moda hacer unboxing hasta de las bolsas con la compra del supermercado yo voy a hacer el unboxing de mi disco duro recién adquirido.

La primera impresión que tuve es que la caja era bastante voluminosa y pesada para ser un disco externo. Pensé que me habían colado un ladrillo, así que puse el teléfono móvil a grabar y empecé a abrir el paquete. La verdad es que había mucho plástico de burbujas envolviendo otra caja mas acorde con el tamaño de un disco duro. No creo que hubiese sufrido daños en el trasporte aunque me lo hubieran lanzado desde un avión para hacer la entrega.

La caja que contenía el disco era la típica de cartón corrugado color marrón, con apertura superior. Sin ningún tipo de serigrafía. Dentro estaba el disco. Literalmente un bloque rectangular de color negro de un material que no sé sí era plástico o metal. No quedaba ni un milímetro de espacio entre el disco y la caja. Ni corcho blanco, ni bandeja de plástico, ni manual, ni nada. Solo el disco. No sé si hicieron la caja al tamaño del disco o el disco al tamaño de la caja, pero no entraba ni un pelo. No había ni cable Micro B o USB-C. Lo del cable me parece un fallo imperdonable, merecedor de una mala reseña. No entiendo por que ninguna lo mencionaba.

Tras una larga pelea para sacar el disco de su caja, confirmé que efectivamente era un bloque negro rectangular con esquinas de 90 grados y hecho de una única pieza. Desde luego, una de las cosas en las que habían ahorrado era en el diseño exterior. En uno de los laterales tenía el puerto USB C. Afortunadamente tengo unos cuantos cables de este tipo. Nada más en ninguna de las caras, un claro ejemplo de diseño minimalista.

Conecto el disco a mi portátil con Linux Mint, soy un friki de Linux ¿qué pasa?, y lo detecta sin problemas.

Primera sorpresa, si tenía pilotos luminosos para indicar la actividad en la cara superior. De hecho, es una especie de logotipo de un búho hecho en ASCII Art con luz azul neón extrañamente, pondría la mano en el fuego, parecido al logotipo de un blog que tuve hace muchos años sobre errores de software y como solucionarlos.

Segunda sorpresa, no esta vacío, tiene datos. Esto si es reseña mala que les va a caer. Hay una carpeta con el nombre BC con decenas de miles de archivos pequeños nombrados con números consecutivos y sin extensión, un archivo README.TXT y otro archivo MODEL.ME enorme. Este ultimo archivo, según las propiedades, ocupa 78 TB lo que es imposible porque el disco es de 2TB. Posiblemente el archivo este dañado y con la esperanza de que el disco funcionase bien lo formatee. Si os preguntáis si leí el archivo README.TXT que sepáis que estaba lleno de carácteres sin sentido. Seguramente, también dañado.

Tras formatearlo, ya aparecía que el disco tenía el espacio que tenía que tener y le copie toda la morralla que tengo en el disco del portátil. Copia rápido y lo copia bien. Me recupero del microinfarto.

Pasamos a mayores, le meto toda la morralla del equipo de sobremesa que ese si que tiene gigas y gigas para estar un buen rato. Ahí se queda el logotipo del búho parpadeando con su lucecita azul. Le pongo un cuaderno encima para que no me moleste y me voy a dormir.

Hoy en cuanto me he levantado he mirado a ver como había ido la copia.

Tercera sorpresa, han aparecido de nuevo la carpeta BC con todos sus archivos, el archivo MODEL.ME y … un archivo LEEME.TXT. Esta vez si que el contenido es legible. Bienvenido de nuevo, microinfarto.

 
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from Mariscal Bizarro

#relato #cienciaficcion #hardware

En mi cabeza me monto muchas películas con ideas que se me ocurren y que me quitan el sueño. Casi nunca publico nada porque, seamos sinceros, no tengo el don de la palabra ni de la escritura. Pero bueno, esta vez me he animado a escribir y publicar la historia que me ha tenido despierto desde las 5:30 de la mañana. Trata sobre el unboxing de un disco duro externo comprado por internet.

He creado un blog dentro de sopadeletras.club llamado Unboxing en el que cada post sera una parte del relato.

Podéis leerlo en Unboxing, pero no seáis crueles.

 
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from Diario de un corredor minimalista

Quienes me leéis a través de Mastodon ya sabréis que he estado con COVID, así que mis salidas a correr colina arriba y colina abajo se han reducido a cero en estos días. Pero por suerte ya estoy recuperado por completo y hoy, aprovechando el buen tiempo, he probado a hacer mi primera salida tras la enfermedad.

Ya de primeras las piernas me respondían bien y me pedían más y más ritmo, pero como quien mucho corre pronto para, preferí desoír sus cantos de sirena cual Odiseo del s. XXI y seguir a un ritmo llevadero, no fuese a ser. Al poco de entrar en la zona forestal por la que suelo deambular vi a lo lejos a un hombre paseando con su perro, que era bastante grande, debo añadir. El perro no parecía agresivo, ni mucho menos; andaba correteando tan feliz de acá para allá por el camino, pero la verdad es que al dueño no le hacía mucho caso. Pues bien, cuando pasé a su altura, saludando como hago siempre, el perro se giró y me miró fijamente. Y os juro que en sus ojos vi con toda la claridad del mundo sus pensamientos, que traducidos al idioma humano serían algo así como «anda, un juguete nuevo». Pese a que intenté reducir mi presencia hasta convertirme en una roca, mucho me temo que no sirvió de nada. Según lo adelanté, el cánido comenzó a saltar cada vez más y más alto (recuerdo que era un perro grande, debía rondar los veinte o treinta kilos), hasta que pensé que se me iba a colgar de la chepa como si fuese una mochila. El dueño, mientras tanto, no hacía más que llamarlo para que se estuviese quieto, pero el perro ni caso. Se veía que el animal solo quería jugar, pero claro, si un bicho con ese tamaño se te cuelga de la espalda el juego no es muy divertido, la verdad, así que apreté el paso hasta que por fin lo dejé atrás, o quizá encontró otra víctima de la que colgarse, qué sé yo.

Ya más tranquilo me interné en el monte, y comencé a andurrear por caminos que por lo general son más solitarios debido a lo escarpado de los mismos. Cuando ya llevaba un buen rato disfrutando de la soledad creí escuchar unos pasos algo más adelante. Y efectivamente, alcancé a ver a otro corredor unos metros por delante de mí, aunque justo dobló un recodo del camino y no puede echarle más que un vistazo. Pero había algo extraño en él, aunque en un principio no supe identificar qué era. Poco a poco le iba recortando terreno, y cada vez me daba tiempo a verlo durante más tiempo antes de que desapareciese tras la siguiente curva. Por fin ambos salimos a un terreno más abierto, y entonces comprendí lo que me había chocado tanto.

Ambos íbamos vestidos exactamente igual.

Los dos llevábamos una camiseta negra, un pantalón corto azul oscuro y una gorra marrón claro. Ya sé que no son colores muy extravagantes, pero resulta raro encontrarte en una zona tan solitaria con alguien llevando lo mismo que tú. La única diferencia estaba en el calzado; yo llevaba mis minimalistas verdes y él un calzado más tradicional, en color amarillo. Pero había algo más, porque aquel tipo tenía un estilo de correr muy parecido al mío. Un poco destartalado, por así decirlo.

Cuando me acerqué algo más a él vi otra cosa que me mosqueó un poco: tenía el pelo completamente blanco, y parecía bastante mayor. Y entonces me dio por pensar que estaba en un episodio de La dimensión desconocida, y que mi yo del futuro había viajado al pasado para encontrarse conmigo, o peor aún, que un yo no minimalista de un universo alternativo había cruzado un agujero de gusano y estaba justo delante de mí.

Sea como fuere, el tipo se dirigía a una zona que solo daba tres opciones, y las tres consistían en unas subidas bastante importantes. Y cuando digo bastante importantes quiero decir que son terroríficas. Claro, yo solo pensaba en que ese hombre, que parecía entrado en años, igual tendría que darse la vuelta si no sabía por dónde iba. Pues bien, al llegar a la intersección giró a la derecha, hacia la subida que lleva a la atalaya, una torre de roca que pertenece al ejército y que tiene una vista privilegiada. La subida no es demasiado larga, pero tiene una pendiente de aúpa. Y el hombre no dudó ni un segundo. Continuó corriendo como si tal cosa.

Hacia la mitad de la pendiente aflojó el ritmo (por fin) y comenzó a caminar, así que lo adelanté por una zona algo más ancha del sendero. Cuando los dos nos pusimos a la altura vi que debía tener en torno a sesenta o setenta años. Nos miramos unos instantes sin decir nada, pero estoy seguro que en mis ojos pudo ver claramente lo que yo pensaba. «Ey, yo de otro universo, conozco tu secreto. Bienvenido a nuestro mundo, tío». Yo, por mi parte, vi en los suyos algo así como «y este colgao por qué me mira tan fijamente», pero no puedo estar seguro. El caso es que si hubiésemos coincidido con otro corredor vestido igual pero que fuese en sandalias, o directamente descalzo, podríamos haber escenificado muy bien el meme aquel donde los tres Spider-Man se señalan unos a otros. Una pena, pero otra vez será.

Al final todo quedó en un aburrido «buenos días, ánimo». Yo seguí con mi ruta y él siguió con la suya, pero si he visto algo de ciencia ficción en mi vida, tengo la sospecha de que nos volveremos a encontrar.

 
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from Malenapl

Jamás pude tener un diario íntimo. Jamás tuve esa constancia (oh, la bendita constancia, ¿alguien tiene un buen revendedor de confianza?), unas pocas páginas, unos pocos días fue lo más que llegué en contadas ocasiones en mi infancia y pubertad. Un cuaderno lindo, guardado con celo y elegido con mucho cuidado para un fin tan noble, desperdiciado —gran mal y trauma de mi generación—. Sin embargo algún día a finales de 2015 decidí, váyase a saber por qué, anotar el libro que terminé de leer, La historia interminable de Michel Ende. Seguramente pensando que no me duraría mucho y sin embargo, para sorpresa de nadie porque sino por qué estaría aquí escribiendo esto, seguí ininterrumpidamente anotando cada libro que leí en estos once años, y continuaré. No me considero una persona especialmente analógica, sin embargo, no logré pasar el hábito de documentar mis lecturas a plataformas como Goodreads (sí está actualizado, pero es una tarea que me obligo a hacer). Mi Diario de lecturas, que recibió formalmente este nombre recién hace unos cuantos meses, luego de que mudara, en un trabajo artesanal y algo amateur, las hojas desde el cuaderno original, ya sin espacio, a uno nuevo y reluciente —de paso y para ponerme melancólica, con una dedicatoria de mi mamá y una foto de mi papá, los dos grandes culpables de mi amor a la lectura—. Así como mutó de caparazón fue cambiando el estilo, la información que pongo de cada libro, qué escribo sobre ellos, para quién, cómo. Luego de las primeras tres entradas empecé a anotar la fecha en la que empezaba y terminaba el libro (una maniática, ni yo me creo capaz), costumbre que mantuve mucho tiempo, que ya no hago porque me empecé de olvidar de anotar pero es una información que extraño tener. Durante mucho tiempo también mis anotaciones bajo los libros fueron cortas, más bien mis impresiones generales (muchas veces anotaba antes de empezar a leer y otra al terminar). Fue alrededor del 2021 que empecé a desarrollar un poco más mis notas, como especies de mini reseñas para mí misma. El nombre que le terminé poniendo fue un poco una revelación y suena muy cliché, pero realmente en estas páginas está mi vida en lecturas, es un diario que da cuenta de mi crecimiento, solo que escondido atrás de los libros que no dejaron de acompañarme ni un solo día. No siempre es claro pero de vez en cuando, volviendo en mis entradas desordenadas, pienso «así que esto estaba leyendo en ese momento» o «así que eso fue en esta fecha». Me da ternura y gracia volver a entender qué sentí al leer esos libros, mis enojos, mi admiración, mi incomprensión, la primera vez que encontré a quienes hoy amo y admiro. Me asombro a mí misma con mi visión a futuro, redescubro los caminos que me llevaron hasta hoy, me hago reír (en lo que concierne a mi escritura, tengo cero modestia). Se me había ocurrido un giro super poético y original con respecto a que el primer libro que anoté fue La historia interminable. Se me fue. Sería algo por el estilo de que al final mi Diario de lecturas terminó siendo una especie de historia interminable para mí, qué ironía la de la vida.

 
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from Agua de río

Si scrollear fuera un buen libro, sería este. No porque sea vacío de contenido o idiotizante, no, no. Es porque es difícil de soltar (lo leí con mi grupo de lectura y varias veces tuve que hacer un esfuerzo para no leer más de los capítulos que tocaban en la semana) y porque salta de una situación a otra sin aviso y sin parar. Por eso es un libro fácil de leer, es dinámico, ligero, amigable. Tiene su buena cuota de humor también. El descontento es actual hasta el hastío. Está salpicado de jerga, referencias a internet, chistes, memes. Pero todo esto con muy buen gusto, Beatriz Serrano supo elegir bastante bien qué referenciar porque hoy, tres años después de la publicación del libro (que, diágmoslo, en tiempos de trends es casi un siglo) se sigue sintiendo actual. No se queda en aquello que pasa como un soplido sino algo más profundo, más arraigado y que es difícil imaginar que vaya a desaparecer próximamente. También es un libro difícil de leer, por otros motivos. Marisa, la protagonista/narradora, es francamente insoportable. Es cínica, condescendiente, mentirosa, falsa, aprovechadora. Marisa tiene un hermoso departamento con balcón, un trabajo creativo estable, una familia no disfuncional, un muy buen pasar; y Marisa se pasa un tercio del tiempo intentando sabotear su propia vida, otro tercio quejándose y lamentándose y el último tercio disfrutando de sexo sin compromisos sentimentales, viajes, quesos y vinos, todo con un envidiable nivel de calidad. No juzgo a Marisa. Marisa, aunque no lo parezca, tiene mucho de qué lamentarse, mucho que la hace infeliz, y sus razones son perfectamente válidas. El descontento es un libro difícil de leer porque, vamos a decirlo de una vez, todes somos Marisa. Y verse reflejades en esa persona tan miserable, tan infeliz, tan descontenta, duele, duele bastante. Todes nos enfrentamos al tedio diario, a la sensación de que nada en nuestra vida tiene sentido, la depresión de saber que no podemos cambiar nada (al menos no sin una enorme cantidad de valor y energía que pocos parecen tener). No puedo dejar de mencionar, sin embargo, que para mi gusto es un poco simple, repetitivo por momentos. No es una obra perfectamente acabada, cada detalle pulido pero, al final del día es una historia satisfactoria. Es una novela mordaz, temeraria, deprimente pero feliz, fácil de tragar. Una instantánea o, debería decir, un post, de la vida contemporánea de gran cantidad de personas en el mundo. Es accurate, es reletable, es un mood (¿todavía se dice eso?). Dejaré mis ojos puestos en Beatriz Serrano y qué más tiene para contarme en el futuro.

 
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from missbrainslug

  • 245 gr de mantequilla
  • 250 gr de harina
  • 1 huevo
  • 1 kg de manzanas
  • azúcar glasé
  • optional: canela, vainilla, cardamomo, ...

Hacer una masa con 125 gr de mantequilla cortada en trozos pequeños, la harina, el huevo y un poco de sal. Añadir unas 2 cucharadas de agua hasta que tenga una consistencia trabajable pero no pegajosa. Tapar y dejar reposar en el frigo durante aprox. media hora.

Pelar las manzanas y quitarles el centro. Cortar en rodajas muy finas con una mandolina. Ponerlas con el resto de la mantequilla a fuego lento. En teoría habría que ponerle azúcar para que el resultado final no sea muy ácido pero yo prefiero compensarlo al final (Variantes).

Mientras están en la sartén se les puede añadir vainilla, canela, cardamomo, lo que apetezca. Con un poco de pimienta rosa molida sale espectacular. Dejar que se hagan más o menos según el tipo de manzana y vuestro gusto. A mí me gusta que estén un poco “al dente”.

Mientras se calienta el horno a 190°C, preparar el molde y sacar la masa. Estirarla con un rodillo sobre la encimera enharinada. Si se pega, añadir un poco más de harina. Rellenar el molde con la masa. Lo que sobre de los bordes se puede poner en el fondo.

Rellenar con las manzanas. Si vais con prisa, podeis verterlas sin más y nivelar un poco. Si quereis luciros, podeis apartar las rodajas más resultonas para la capa superior.

La tarta antes de hornear

Meter al horno durante unos 25-30 minutos, hasta que la capa superior esté algo doradita. Dejar enfriar un poco, hasta que esté tibia.

La tarta despues de hornear

Variantes: 1_ Ésta está hecha tal cual y mientras se enfriaba le he puesto azúcar gláse para que se derrita y abrillante la superficie. 2_ En vez de azúcar se puede poner mermelada de albaricoque cuando ya esté fría. 3_Antes de meterla al horno se le puede echar un batido de huevo con nata y azúcar para que la parte superior se quede cremosa y brillante.

Trozo de tarta de manzana en un plato. Tiene una masa abajo y encima, muchas rodajas muy finas. Está espolvoreada con azúcar glasé.

 
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from Diario de un corredor minimalista

Esta mañana he hecho una cosa muy divertida (divertida de verdad, no como las otras veces que lo digo) que se llama fartlek.

Significa «juego de velocidad» en sueco, y consiste en correr alterando el ritmo y la intensidad un poco como te venga en gana. Es decir, como un entrenamiento de intervalos pero sin estar encorsetado en cuatro series de 400m con 30” de descanso, por ejemplo. Vamos, lo que todos hemos hecho cuando éramos niños: correr por diversión, a veces más deprisa y a veces más despacio. Lo desarrolló un señor muy simpático (y muy sueco) llamado Gösta Holmér allá por 1930. Y digo yo que si después de casi cien años lo seguimos utilizando muy malo no será.

Pues bien, después del preceptivo calentamiento, y ya con las piernas a tope, comencé a correr. Hoy he salido por una zona peatonal que tengo cerca de casa, muy extensa y con un buen número de cruces, algunos de ellos con unas rampas terribles. Vamos, un terreno bastante propicio para mis siniestros y suecos fines. Cuando lo consideré oportuno, aumenté la velocidad hasta un ochenta por ciento, digamos, de mi velocidad máxima. ¿Hasta dónde? Pues hasta donde yo quise. Hasta ese árbol de ahí, por ejemplo. Cuando llegué al árbol en cuestión volví a correr a un ritmo cómodo, y al doblar un recodo aumenté de nuevo para ir, esta vez sí, a tope.

Y así estuve un buen rato. Claro, la gente me miraba como si me faltase un tornillo, más de uno pensando si acaso no me habrían metido unos cables pelados por salva sea la parte, con esos arrebatos que me daban. Pobres desconocedores de la magia sueca. Y entonces me encontré con una mujer y su hijo, que estaban paseando a su perro, un galgo precioso. No sé si alguna vez os he dicho que estoy in love con los galgos, como la niña esa del anuncio con su casa. Son unos perros que me encantan, no puedo evitarlo.

Este era completamente negro, y tenía un carácter alegre, no como otros que suelen ser más asustadizos. Fue pasar a su lado, saludando a la mujer y a su hijo como buen vecino que soy, y el galgo pegó un brinco que por un momento no supe si era un galgo o una liebre. Acudió trotando a mi lado y comenzó a acompañarme, apretando el paso cada vez un poco más. Yo, como veía que la mujer no decía nada, pensé que no le importaría que el galgo se alejase un poco de ellos (recordad que estábamos en una zona peatonal, muy alejada del tráfico rodado), así que me dije que qué demonios, que cuándo iba yo a tener otra oportunidad como esta.

Aceleré un poco más y me puse a su altura. El galgo me miraba como diciendo «qué tipo tan divertido me he encontrado» y yo le miraba como diciendo «que estoy haciendo una movida sueca que se llama fartlek, chaval, te voy a destrozar». Es difícil reflejar eso con solo una mirada, pero creo que lo conseguí bastante bien. Aceleré otro poco y adelanté al cánido, pero no por mucho tiempo, porque enseguida me volvió a coger, aparentemente sin esfuerzo. El condenado se lo estaba pasando pipa. Así que me puse a tope, con la noble intención de borrar esa sonrisa de su cara. Pero cuando ya estaba a punto de echar el hígado, diría que literalmente, el galgo apareció una vez más a mi lado, con una mirada que pedía más carrera.

En ese momento, claro, mandé a Gösta Holmér, al fartlek y hasta a la mismísima Ikea a freír espárragos, di la vuelta en una rotondita y regresé al sitio donde estaba su dueña, que se estaba partiendo de risa viendo cómo los dos nos habíamos picado. Cuando llegué a su lado farfullé como pude que ya se lo devolvía. La mujer me dio las gracias, el galgo se quedó por allí correteando como si no hubiese pasado nada y yo volví a casa, tratando de mantener el desayuno en el estómago pero sabiendo que había hecho un nuevo amigo de cuatro patas.

 
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from Diario de un corredor minimalista

Hoy tenía intención de salir a correr por asfalto. Como ya sabéis estoy saliendo de una rotura de fibras (que ya puedo considerar recuperada del todo) y de unas molestias en el empeine del pie derecho que desaparecieron «mágicamente» gracias a la vuelta del calzado minimalista. Y como ese calzado requiere un periodo de adaptación, y hace bastante que no corría con él, he preferido salir sobre asfalto durante una temporada, ya que al ser un terreno más llano le exige menos a mis piececitos.

Pero hoy, cuando me disponía a coger la carreterita de siempre, he mirado hacia el camino que se interna en la zona forestal por la que llevaba a cabo mis fechorías. Y ese camino me ha devuelto la mirada, como el abismo del tipo aquel, y me ha hecho ojitos. Y claro, no he podido contenerme. Así que he comenzado a levantar polvo y pisar piedras como si no hubiese un mañana.

Ese primer tramo es un camino bastante ancho, muy llano, pero esta plagado de piedrecitas sueltas. Cuando corres por ese tipo de terreno con calzado convencional no hay problema, pero cuando lo haces con unas suelas de caucho de cinco milímetros... Os podéis imaginar. Me he clavado todas las piedras del mundo en partes de la planta del pie que no sabía ni que existían. ¿Y sabéis qué? Que me ha gustado. Y entonces me ha dado por pensar que los corredores, y los deportistas en general, tenemos algo de masoquistas, porque no es normal sufrir dolores, fatiga y ganas de dejarte caer allí donde estés para no levantarte jamás y a los dos días volver a pasar por lo mismo como si tal cosa.

Pero en fin, cuestiones filosóficas aparte, yo seguía corriendo. Ya me había internado un poco más en la zona forestal, y trotaba tan contento por los caminos que tantas veces he recorrido, cuando sufrí el primero de los dos cobardes ataques que atentaron contra mi persona en el día de hoy. Pero esta vez con la novedad de que ese ataque no vino por tierra. Lo hizo por el aire. Un pájaro (disculpadme los pajarólogos que me lean, pero el miedo me impidió identificar la especie) hizo un vuelo rasante de derecha a izquierda, pasándome por delante de las narices. Que ríase usted de Cary Grant en Con la muerte en los talones, vamos. Como vio que su ataque no había surtido efecto, el mismo pájaro, u otro similar, no sabría decir, hizo una nueva pasada, esta vez de izquierda a derecha. Pero con la salvedad de que el maldito bicho soltó su carga mientras me sobrevolaba. Os juro que escuché el impacto de sus heces contra (gracias a los dioses) el suelo. No me cayó encima por muy poco.

Una vez me vi a salvo, y siempre mirando más al cielo que al suelo, comencé una subida con una pendiente bastante importante. Hacia la mitad de la rampa escuché una voz de mujer diciendo «Curro, ven aquí». Levanté la vista y la vi aparecer tras un recodo del camino, junto a lo que me parecía un cruce de podenco que imaginé sería el tal Curro. Pues bien, la mujer, muy maja, se detuvo para dejarme pasar, mientras mantenía a Curro junto a su pierna. Pero el cánido, que por lo visto quería conocer gente, la ignoró y se acercó a mí. Como veía que sus intenciones no eran malas, dejé de correr mientras extendía la mano para saludar a un perro tan simpático. Craso error.

Cuando Curro estaba a apenas un par de metros de mí, comencé a escuchar un «pi-pi-pi» que no me parecía en absoluto uno de los sonidos que se pueden escuchar en medio de la naturaleza, pero no me preocupé. No lo hice hasta que Curro llegó a mi lado y observé con pasmo que tenía un artefacto negro bastante voluminoso adherido al collar. En ese momento comenzó a pitar aún más rápido con su «pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi» y claro, me asusté. Y le pregunté a la mujer que si era un perro bomba, para salir corriendo. Ella se empezó a reír con ganas (aunque no lo negó) y me dijo que solo pitaba, que al perro no le hacía daño.

Aún receloso me alejé, y seguí con un camino que concluyó sin más novedades. Llegando a casa me dio por pensar que los animales del campo igual me habían atacado porque se habían enfadado conmigo por llevar tanto tiempo sin ir a visitarlos (en mi cabeza yo soy un poco como Radagast el Pardo cuando salgo a correr entre conejos y batracios), y me hice la firme promesa de no volver a dejarlos de lado tanto tiempo.

Solo espero que los dolores me respeten y me permitan cumplir mi promesa.

 
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from missbrainslug

  • 200 gr de harina
  • 1,5 cucharaditas de levadura tipo Royal
  • 0,25 cucharadita de sal
  • 75 gr de mantequilla derretida
  • 120 gr de azúcar
  • 1 huevo
  • 75 ml de leche
  • 150 gr de arándanos

Calentar el horno a 200°C y engrasar el molde.

Mezclar harina, levadura y sal. Batir la mantequilla con el azúcar hasta que esté cremoso. Añadir el huevo y mezclar. Poco a poco y alternando, añadir la leche y la harina y batir hasta que la mezcla sea homogénea.

Verter la masa en el molde, nivelar la superficie y repartir los arándanos por encima más o menos geométricamente – según tiempo, ganas y TOCs.

Meter al horno y bajar la temperatura a 175 °C. Hornear durante unos 30 minutos.

La tarta sobre una rejilla, enfriándose

 
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from Hic sunt stories

Soy un gato. Una de esas criaturas pequeñas, peluditas y entrañables a las que todo el mundo quiere. Pese a tener apenas unos días (o unas semanas, aún no soy muy consciente del paso del tiempo) ya me doy cuenta. De que todo el mundo nos quiere, digo. Cuando no estoy mamando de los pezones de mi mamá, o jugando con mis hermanos y hermanas, siempre hay alguien dispuesto a acariciarnos o hacernos una carantoña. Particularmente esa niñita rubia siempre nos está observando con una sonrisa en la cara, esperando que hagamos alguna monería. Como esa niñita me cae muy bien no me importa hacer una o dos cabriolas de cuando en cuando. Al verme rodar por el suelo ella siempre se ríe mientras da palmas con las manos. Después me coge con fuerza. No tanta como para hacerme daño, porque es una niñita muy cuidadosa, y no para de repetir cuánto me quiere.

Su madre, o la que yo creo que es su madre, también parece encantada con nosotros. Por lo que he podido entender en los pocos días que han pasado desde que abrí mis ojos y oídos, mi mamá es algo que ella llama «su mascota». Al parecer eso significa que mi mamá vive con ella en la misma casa, y que le dan de comer y de beber, y no tiene que preocuparse por el frío ni por nada. Ser una mascota debe ser algo increíble.

También hay un hombre que vive con la niñita y su madre. No pasa mucho tiempo en casa, porque sale todas las mañanas a trabajar (sea eso lo que sea) y no vuelve hasta la noche. Cuando regresa mis hermanos y hermanas están dormidos, pero yo no. A mí nunca me ha gustado demasiado dormir, hay muchas cosas que ver en el mundo, aunque mi mundo es esta casa y lo que veo por la ventana cuando la niñita me aupa. Como decía, cuando el hombre llega yo siempre estoy despierto. Pero como no puedo jugar con nadie, me tumbo y entrecierro los ojos. El hombre no se da cuenta, pero yo lo observo. Observo cómo él nos observa a nosotros. A veces se pasa así varios minutos, mirando cómo mis hermanos y hermanas duermen y cómo yo finjo hacerlo. Entonces aparece la niñita o su madre y él aparta la mirada y sigue con sus cosas. Es cierto que no lo conozco tanto como a ellas, pero estoy seguro que si viven juntos tiene que ser buena persona.

Decía antes que ser una mascota debe ser algo increíble, y mi mamá es la viva prueba de ello. Se pasa el día en el suelo, tumbada de costado, ronroneando en el recuadro de luz solar que entra por la ventana de la sala de estar de la casa donde vivimos. Solo se levanta cuando la madre de la niñita juega con ella. A veces lo hace con un palito del que cuelgan unas plumas, a veces con un animal de felpa. Mi mamá se divierte mucho intentando cazarlo, y en esos momentos me da por pensar que ojalá algún día yo también pueda ser la mascota de alguien. Me gustaría, sobre todo, que ese alguien me acogiera junto a mis hermanos y hermanas, para no tener que separarme de ellos jamás.

Y quizá hoy haya llegado ese día. Hace unos minutos el padre de la niñita se ha asomado al cesto donde mis hermanos y hermanas, y yo mismo, estábamos jugando. Nos ha mirado unos instantes con esa mirada que yo le sorprendía siempre, cuando regresaba de trabajar y pensaba que todos estábamos dormidos. Entonces ha cogido un saco de lona y, uno por uno, nos ha metido a todos en el interior. Me ha dado pena no poder despedirme de la niñita y de su madre, porque siempre me han tratado bien y me han querido mucho. Me ha dado más pena aún mi mamá, que no paraba de maullar mientras el hombre nos metía en el saco. Hubiera querido decirle que no se preocupase, que no estuviese triste, que estoy seguro de que el hombre nos lleva a ser la mascota de alguien, pero no me ha dado tiempo; el saco se ha cerrado con un sonoro ziiip antes de poder hacerlo. Pero estoy contento, porque el hombre nos lleva a todos juntos, a todos mis hermanos y mis hermanas.

El movimiento se ha detenido, creo que ya hemos llegado. Aún no oigo bien del todo, pero si presto atención me parece escuchar una corriente de agua.

Estoy deseando conocer a mi nuevo dueño.

 
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from Hic sunt stories

Otro eclipse más. Para ellos era irrepetible, pero él ya había perdido la cuenta. Estaba cansado. Las 19:31, ya era la hora. La criatura de proporciones cósmicas comenzó a empujar la Luna para cubrir el Sol.

Señor, qué cansado estaba.

 
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from Diario de un corredor minimalista

Hace ya algún tiempo que no escribo en el blog. Como ya sabéis algunos, llevo varias semanas con problemas en el empeine del pie derecho, y entre eso y los incendios, que nos afectaron personalmente, no es que haya salido demasiado a correr.

Pero por fin este domingo he disfrutado de una más que merecida tranquilidad, lo que me ha permitido calzarme las zapatillas y echarme a la calle. Y aquí empieza lo interesante de esta entrada, en eso de «calzarme las zapatillas». No sé si recordáis que hace tiempo, cuando el mundo era joven, yo corría con calzado minimalista. Pero como era inexperto, y más bruto que una infusión de pan rallado, simplemente salía a correr. Ni entrenaba fuerza ni hacía apenas ejercicios específicos para fortalecer los pies. Si a eso le sumamos que daba unos saltos considerables en el número de kilómetros semanales que corría, era cuestión de tiempo que llegase una lesión (eso lo sé ahora, en su momento era el tío más feliz del barrio correteando por el monte). Y así llegó la temida fascitis plantar. Por suerte no fue nada grave, y con unas sesiones de fisio la dejé atrás sin mayor inconveniente. Pero claro, cogí miedo. En vez de achacar la lesión a lo bruto que había sido, la achaqué al calzado. Así que, con todo el dolor de mi corazón, cambié mis queridas minimalistas por unas zapatillas convencionales.

Así estuve corriendo un buen tiempo, hasta que apareció el dolor en el empeine del que hablaba al principio y me vi obligado a parar otra vez. Fui al fisio, pero no obtuve demasiados resultados. Me seguía doliendo, y pese a todas las tretas y atados de cordones diferentes que probé, no dejaba de hacerlo. Entonces fue cuando me di cuenta de que el dolor comenzaba apenas me calzaba las zapatillas. Y también me di cuenta de que cuando me ponía las minimalistas para salir a hacer cualquier recado no me dolía en absoluto. Y pensé: «¿y si la amortiguación de estas zapatillas me está haciendo más mal que bien?». Así que decidí que podía probar a hacer una salida corta con las minimalistas, a ver qué pasaba. Que es justo lo que he hecho hoy.

Y os juro por mi propia vida que hacía mucho que no disfrutaba así del simple hecho de correr.

Comencé caminando unos minutos, para movilizar bien pies y tobillos. Entonces empecé a correr. Cuando di la primera zancada lo hice con algo de miedo, no os voy a engañar. Demasiado tiempo sin correr con algo tan liviano en los pies y unas suelas tan delgadas. Pero desde el primer momento fue como si jamás lo hubiera dejado. Adapté la longitud de la zancada y comencé a pisar con el mediopié con total naturalidad. Al principio experimenté una leve molestia detrás de la rodilla izquierda, pero con el transcurrir de los minutos fue desapareciendo. Y del dolor en el empeine ni rastro.

Cuando llevaba unos diez minutos paré, y comencé a caminar otros cinco, para no sobrecargar pies y gemelos. Entonces comencé a correr de nuevo, y ahí fue cuando me atacó la serpiente.

A ver, quizá atacar sea un poco exagerado, porque el animalito estaba enroscado sobre sí mismo durmiendo, meditando, o haciendo lo que sea que hagan las serpientes. Pero a mí me dio un susto de muerte, y eso ya lo considero un ataque. El caso es que cuando pasé por su lado pensaba que era un plástico, o quizá un trozo de cuerda que alguien había tirado allí. Pero un segundo vistazo me hizo ver que de plástico nada. Así que pegué un brinco hacia un lado que ríase usted de Barýshnikov. Que menos mal que no venía nadie más por allí, porque me habría subido a su chepa sin pensármelo dos veces. Luego ya me di cuenta de que la serpiente habría salido de una zona forestal cercana, y que quizá estaba allí esperando los primeros rayos de sol.

Pero vaya, dejado el susto atrás seguí con mi ruta, volviendo a hacer una pausa de cinco minutos pasados los diez siguientes minutos de carrera. Y así llegué hasta casa, habiendo hecho tres series de diez minutos corriendo y cinco caminando. Y lo que es más importante, con el empeine perfectamente.

Es cierto que el ritmo de carrera se ha resentido. He pasado a hacer un minuto más por kilómetro, aproximadamente, pero a mí eso me importa entre cero y nada, así que no hay problema.

Y lo más importante: he vuelto a rescatar mis queridas minimalistas, espero que por mucho tiempo, y he recuperado la felicidad al correr.

 
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from Hic sunt stories

Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona pulcra y ordenada. Pero este fin de semana no lo es. No lo es ni mucho menos. Este fin de semana ha comenzado sus vacaciones y necesita desfogarse. La habitación de hotel en la que duerme está hecha un desastre, la ropa de cama tirada por el suelo y su vestimenta esparcida de cualquier manera. En la mesa de centro del pequeño salón que acompaña la estancia hay dos rayas de cocaína perfectamente alineadas en una bandeja metálica. Junto a ella dos copas, una de ellas utilizada como cenicero, contienen un líquido ambar.

Un teléfono móvil suena. Ricardo abre los ojos mientras un millar de agujas se clavan en su cerebro. Mira a su lado, en la cama, y solo ve un espacio vacío que aún conserva la forma de un cuerpo de mujer. El teléfono sigue sonando. Ricardo reconoce el tono de llamada, es el móvil del trabajo. Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona responsable. Sabe que, aún estando de vacaciones, no puede rechazar esa llamada. Ignorando el dolor de cabeza y venciendo una súbita arcada se levanta y busca a tientas bajo el edredón, que yace en el suelo como si fuese una alfombra, siguiendo el sonido.

—Ricardo Soler al habla —dice cuando por fin lo encuentra y pulsa el botón verde de la pantalla. Escucha unos segundos con atención y después vuelve a hablar—. Solo llevo dos días de vacaciones. ¿No puede encargarse otro? —Más silencio—. Entiendo, estaré allí lo antes posible.

Cuelga el teléfono y se dirige al armario. Coge la maleta y mete en ella toda su ropa. Está bastante seguro de que se deja algo olvidado, pero no es momento de ponerse a buscar calcetines detrás del sofá. Lo que no perdona es el café y la ducha. Prevé un día intenso, y necesita ambas cosas como el respirar. Tras liquidar la cuenta de la habitación sale a la calle y coge un taxi.

—Calle Benavente diez, por favor —le dice al taxista, que por fortuna no parece tener ganas de charla.

Y mejor así, porque Ricardo tiene que trabajar. Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona concienzuda. Abre el portátil e introduce su contraseña. El correo que Beatriz le ha enviado lo está esperando en la bandeja de entrada. El asunto del mensaje no puede ser más sombrío: «Posible nueva variante del ébola». Comienza a leer, y su rostro va perdiendo el color a medida que pasan las líneas. Descarga los archivos adjuntos, que resultan ser las analíticas de los cuatro misioneros españoles contagiados. Ricardo las estudia con preocupacion. Todo indica que se trata de una variante grave. Muy grave. Extremadamente contagiosa y extremadamente mortal. Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona que sabe conservar la calma, pero ahora está nervioso. Si esa nueva cepa se extiende puede provocar una pandemia que dejaría el covid como un simple resfriado. Cierra el portátil y se quita las gafas. Se masajea con el índice y el pulgar el puente de la nariz. Daría lo que fuera por un analgésico para mitigar aunque fuese un poco ese terrible dolor de cabeza. La voz del taxista lo trae de vuelta a la realidad.

—Ya hemos llegado. Benavente diez.

Ricardo paga con un billete de cincuenta y no se molesta en coger el cambio. Entra en el edificio gris que está frente a él, un edificio sin carteles de ningún tipo. No interesa que los ciudadanos sepan lo que pasa tras sus muros. Saluda al recepcionista, que lo mira extrañado.

—¿No estaba de vacaciones, doctor Soler?

—Me parece que aquí nadie sabe lo que es eso —contesta Ricardo con una sonrisa triste.

Pasa su tarjeta por el lector del ascensor y pulsa el botón del sótano cuatro. Cuando se abren las puertas lo recibe el familiar caos del Centro de Contención de Enfermedades, solo que multiplicado por mil. Una mujer que apenas llega al metro y medio de altura y de edad indeterminada se percata de su presencia y se acerca a él con una voluminosa carpeta bajo el brazo.

—Me alegra verte, Ricardo —dice Beatriz—. Aunque sea en estas circunstancias.

—No me fastidies, Bea, que no han pasado ni dos días y ya me estáis jodiendo las vacaciones. —Ricardo se fija en el mohín de disgusto de la que lleva siendo su enlace en el Centro de Contención de Enfermedades desde hace más años de los que recuerda, pero decide ignorarlo. Nunca le ha gustado que sea tan malhablado—. ¿Eso de ahí son las pruebas completas de los misioneros?

Beatriz le tiende la carpeta, y mientras Ricardo la hojea lo pone al día.

—Los cuatro sujetos comenzaron a encontrarse mal tras regresar de una visita a un poblado cercano. Siete días después, para ser exactos. Los síntomas que sufrían eran los habituales del ébola: dolor de cabeza, vómitos, diarrea. Ya sabes cómo va esto. Los trasladaron al hospital más cercano y les hicieron las pruebas pertinentes, que confirmaron la infección. El gobierno enseguida puso un avión medicalizado a disposición de los misioneros para traerlos a un hospital especializado lo antes posible, donde les realizamos análisis más exhaustivos.

—Imagino que son los que me enviaste al correo —dice Ricardo, sin levantar la mirada de los papeles.

—Imaginas bien. Ricardo, esta nueva variante, si es que se confirma que lo es, es muy peligrosa. Es tremendamente peligrosa.

Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona inteligente, no hace falta repetirle las cosas dos veces. Cierra la carpeta y observa a Beatriz con atención.

—Es más contagiosa que el ébola normal, por lo que he visto.

—Lo es.

—Y todo apunta a que su índice de mortalidad será aún mayor.

—Mucho mayor.

—Pero hay algo más, ¿verdad?

Beatriz asiente con la cabeza.

—Lo que voy a decirte no lo verás en ningún informe, Ricardo, porque no queremos que se filtre a la prensa de ninguna de las maneras.

Ricardo está preocupado. Nunca, en todos los años que llevan trabajando juntos, ha visto así a Beatriz.

—Te escucho.

—De los cuatro misioneros, tres aún siguen mostrando síntomas visibles. Hay uno que casi seguro no lo va a contar. El problema está en el cuarto misionero. Ese se ha recuperado completamente.

—No entiendo. Si se ha recuperado es una buena noticia.

—Debería, pero no lo es. Le hemos realizado distintas pruebas para comprobar que ya estaba libre de la infección, pero el virus ha pasado a un estado latente. El muy hijo de puta casi se nos escapa, Ricardo. Pero sigue vivo, agazapado en el interior de su huésped sin dar muestras de enfermedad, dispuesto a dar la cara y transmitirse cuando menos lo esperemos.

Ahora es Ricardo el que pone una mueca al oír a Beatriz hablar así. Ella, que siempre se expresa con la máxima corrección. Debe ser una variante muy jodida para que pierda los papeles de esa manera.

—Entiendo. ¿Los resultados se han comprobado dos veces?

—Tres. Y siempre arrojan los mismos datos. Ricardo, este virus podría suponer un enorme golpe para la humanidad.

Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona pragmática. No pierde el tiempo en lamentarse, sabe que debe actuar con celeridad.

—Imagino que están en el Hospital de Santa Elena.

—En la planta de infecciosos. Pero ya están viniendo hacia aquí. En cuanto vimos a qué nos enfrentábamos me puse en contacto con el ministro de Sanidad y le hice ver la importancia de tratarlos en nuestras propias instalaciones. Llegarán en dos horas.

Ricardo mira el reloj y asiente. Tiene tiempo de prepararse. Dirige un parco gesto de despedida a Beatriz y vuelve al ascensor. Baja una planta hasta el sótano menos cinco, el nivel más bajo del edificio. Sabe que allí es donde llevaran a los misioneros cuando lleguen. Avanza por un largo pasillo de un aséptico color blanco, iluminado por tubos fluorescentes cada pocos metros, y entra en el vestuario. Allí, ayudado por uno de los empleados del Centro de Contención de Enfermedades, se viste con un traje de plástico rojo de una sola pieza. El aliento empaña levemente la escafandra que cubre su cabeza. El empleado le coloca los guantes de protección y después conecta el oxigeno al traje. Ricardo mira el reloj de la pared. Aún queda una hora y media para que lleguen los misioneros, pero prefiere esperar. Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona puntual. Asiente al empleado, que abandona el vestuario sin pronunciar palabra.

Ricardo observa los dos maletines que tiene ante él, sobre la mesa. Ambos son iguales, metálicos y de tamaño medio. Solo se diferencian en el color. Uno es azul, mientras que el otro es de un rojo vivo. Es su responsabilidad elegir uno. Ricardo piensa, como siempre, en la primera vez que tuvo que escoger con qué maletín iba a trabajar. Siempre es una decisión difícil. En aquella ocasión escogió el azul, pero esta vez sabe que será el rojo. Lo sabe desde el momento en que recibió la llamada de Beatriz, en lo que ahora le parece un tiempo muy lejano. Suspira, coloca el maletín en el suelo, entre sus pies, y se dispone a esperar.

Una hora y cuarto después el mismo empleado que lo ayudó a vestirse asoma la cabeza.

—Ya están aquí.

El empleado observa que Ricardo tiene el maletín rojo en la mano, pero no dice nada. Ricardo asiente y se dirige a la puerta que comunica el vestuario con la habitación donde le esperan los cuatro misioneros.

La habitación es amplia, contiene cuatro camas en línea y aún sobra espacio. Tres de los misioneros, que deben estar entre los sesenta y los setenta años, están de pie, charlando. Uno de ellos ha dejado atrás la enfermedad —aunque sigue siendo portador del virus, recuerda Ricardo—, y los otros dos no han desarrollado síntomas graves. Al menos aún. La cama del fondo está ocupada por otro hombre. Su aspecto es mucho peor que el de sus compañeros. Está conectado a una bombona de oxígeno y tiene los ojos entrecerrados, pero parece que está despierto. Cuando Ricardo entra se vuelven hacia él.

—¿Es usted el médico que nos va a tratar? —dice uno de ellos—. Apenas nos han contado nada durante el trayecto.

Si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona honesta. Pero hoy no. Hoy no lo es en absoluto. Deja el maletín sobre una mesa auxiliar que hay junto a la puerta y sonríe a través de la escafandra.

—Eso mismo. Soy el doctor Soler, es un placer conocerlos. Como ya sabrán se encuentran en el Centro de Contención de Enfermedades. Aquí los ayudaremos a recuperarse. Espero que en unos días puedan abandonar las instalaciones.

—¿Y el hermano Alfonso? —dice el que ha hablado antes mientras señala al ocupante de la cama—. ¿Cree que saldrá adelante?

—Haremos todo lo posible, pero estoy seguro de que será así.

—Con la ayuda de Dios —dice el misionero.

Ricardo dibuja una sonrisa triste en su cara. Demasiado bien sabe que Dios no tiene cabida entre esas paredes.

—Con la ayuda de Dios, por supuesto. —Mientras dice eso coloca el maletín frente a él y abre los cierres—. Ahora les voy a tomar unas muestras de sangre para evaluar su estado de salud.

—¿Otra vez? Nos han sacado sangre hoy mismo.

—Es el procedimiento habitual, no deben preocuparse. Haremos esto más de una vez durante los próximos días.

Mientras abre la tapa Ricardo piensa en el otro maletín, el de color azul, que se encuentra en el vestuario donde se puso el traje de protección, al otro lado de la puerta. El maletín que contiene las jeringuillas y viales para sacar sangre a los pacientes. No se arrepiente de la decisión que ha tomado. Al fin y al cabo, la tarea del Centro de Contención de Enfermedades es, como su propio nombre indica, contener las enfermedades. Contenerlas por todos los medios necesarios. Y esta nueva variante del ébola es demasiado incontrolable como para intentar atajarla. A veces es necesario cortar el problema de raíz. Ricardo coloca el maletín entre él y los misioneros, de forma que la tapa del mismo oculte su contenido. Coge la pistola semiautomática de su interior y enrosca el silenciador en el cañón. Sabe que está cargada y en perfecto estado. Lo sabe porque él mismo se encarga de su mantenimiento. Dirige una última mirada a los misioneros y quita el seguro de la pistola.

***

Diez minutos más tarde Ricardo sale de la habitación y entra en el vestuario. Ahora debe pasar por el tedioso proceso de esterilización del traje, hasta tener la completa seguridad de que no hay rastro del virus fuera de la habitación. Pero primero tiene que informar. Porque si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es una persona responsable. Aunque sabe que sus superiores lo han visto todo a través del circuito cerrado de televisión, él tiene que informar. Se acerca a la pared y pulsa el botón del intercomunicador que hay junto a la puerta. Suena un tono y después se queda en silencio.

—Al habla el doctor Soler. La enfermedad ha sido contenida.

No hay respuesta, pero Ricardo tampoco la espera. Ni la necesita. Porque si algo se puede decir de Ricardo Soler es que es un perfecto hijo de puta.

 
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from Anarrrcoteca

ANARCOSINDICALISMO Y SECCIONES SINDICALES

Para empezar, hay que aclarar algunos puntos sobre las secciones sindicales. La sección sindical, según términos oficiales e institucionales, representa a les trabajadores afiliades al sindicato de la sección. Según la práctica anarquista, la sección sindical es la herramienta utilizada para organizarse de forma autónoma en la cual una persona será la portavoz (que no la representante) de les trabajadores de esa empresa afiliades a ese sindigato.

*¿Por qué es importante hacerlo por sección sindical y no presentarse a elecciones? Porque volvemos al problema de siempre: unes poques decidiendo por la mayoría. Sin embargo, una sección sindical anarquista, tendrá en cuenta (o debería) todas las opiniones, pudiendo decidir en asambleas las acciones a realizar. Estas pueden ser desde escritos de la plantilla hasta piquetes en centros de trabajo.

*Ahora bien, ¿en qué se diferencia une delegade sindical de une delegade de personal o comité de empresa? Le delegade de personal (en empresas con entre 1 y 49 empleades) y el comité de empresa (con 50 o más empleades) se supone que representan a toda la plantilla, les hayan votado o no. Generalmente (hay excepciones) no suelen hacer asambleas y en los “sindicatos” como UGT y CCOO lo más probable es que te vendan a la primera de cambio. Por el contrario, le delegade sindical es une portavoz que lleva las exigencias (que no peticiones) a la patronal, siempre con acuerdo votado en asamblea y consenso de la plantilla.

*¿Quién puede constituir una sección sindical? Cualquiera que esté afiliade al sindigato. En principio no hay número mínimo de personas aunque siempre es mejor consultar esto en tu sindicato de confianza. De hecho, puede constituirlo una sola persona o varias pero que solo hable con la empresa una persona.

*¿Cómo se constituye una sección sindical? En el sindicato anarcosindicalista más cercano te informarán de todos los pasos a seguir. Generalmente se presenta la creación de la sección en asamblea en el sindigato y se vota. Si se constituye la sección sindical, se rellenan unos papeluchos burocráticos, se envían a la empresa y au (no, no soy de la comunidad valenciana xD). Lo mejor para combatir a la empresa es reunir plantilla para hacer presión, decidir entre todes y también colaborar entre todes. Si no se puede porque son heredaempresas, pues constituyes tu la sección sindical y nadie tiene por qué saber si hay más gente en la sección o no. En algunos casos en los que hay poca plantilla es complicado ocultarlo pero bueno, algo más de protección da.

*¿Me pueden despedir siendo delegade sindical? Pos claro. Y de baja, si les denuncias, si no les denuncias, si te embarazas, si se te muere un familiar… Te pueden despedir siempre que quieran. Otra cosa es que el juez diga que es un despido nulo; algo que por cierto cada vez se ve menos y predominan los despidos improcedentes (que es despedir pero una miaja más caro). Agradeced esto a esas leyes tan maravillosas impuestas por cretinos que nos encadenan al puesto de trabajo o al paro. Así que, ya que nos pueden despedir, que al menos demos algo de lucha, ¿no?

Bueno, ahora vamos con el anarcosindicalismo así en general aunque voy a poner de ejemplo a la CNT AIT (ahora llamada de diferentes formas dependiendo del territorio por el tema del registro de la marca CNT xD).

*Para empezar, ¿qué significa ser anarcosindicalista? Significa no dejar que otres decidan por ti y utilizar la acción directa para conseguir mejoras y/o cambios. Quien trabaja eres tú, ¿por qué dejas que otres, incluyendo el patrón, decidan por ti? Por tanto, podemos definir el anarcosindicalismo como la organización de la clase trabajadora mayormente anarquista basada en la horizontalidad, la solidaridad y el apoyo mutuo.

*¿Quién se puede afiliar al sindigato? Pues cualquier persona excepto: miembros pertenecientes a las fuerzas del orden público, ejército, así como ningún cuerpo armado, ni persona alguna que ejerza o detente un cargo represivo. Tampoco lo podrán hacer quienes pertenezcan a otro sindicato, detenten cargos políticos en cualquier institución del estado, cargos internos en partidos políticos, se presenten a candidaturas políticas a elecciones, pertenezcan a comités de empresa, o en su defecto sean delegados de personal, o que se presenten a las elecciones de dichos organismos

*¿Cómo nos organizamos? Por secciones sindicales en las empresas y por sindicatos y federaciones fuera de ella. Para que me entendais, ¿sabeis cómo federan las instancias de mastodon? Pues es algo así. Las Federaciones pueden ser Locales, Comarcales, Provinciales o Regionales. A nivel del territorio ocupado por el estado español, está constituida la Confederación. Todos los sindigatos y las federaciones tienen total libertad y autonomía siempre y cuando no hagan algo que contradiga los estatutos de la Confederación ni los acuerdos de la Internacional (en este caso, AIT). Y bueno, para organizar todo esto se eligen a les portavoces, que harán llegar las propuestas y acuerdos. Es decir, está organizado de abajo a arriba ya que ni la Confederación ni la Internacional imponen sus criterios, como si hacen en otros “sindicatos” como Ojete y Comisiones Obscenas. Y por supuesto, con principio de horizontalidad cuya herramienta es la asamblea.

*¿Es importante crear la sección sindical en un sindicato anarcosindicalista? Pues sí, porque si la creas con sindicatos jerárquicos, lo más probable es que al ser le nueve no te den ni los céntimos de debajo del sofá y solo te tengan como propagandista para que se afilie más gente y les den más subvenciones que usarán para algo que no nos beneficia a ningune de les trabajadores de base. Además, empezar a tomar decisiones nos sitúa en una posición de poder y autonomía que los patrones no quieren ni ver. Sin embargo, delegar en otres decisiones vitales e importantes, nos deja en un lugar indefendible. Porque a ver, tú has votado, has participado de ello. Salga lo que salga, ajo y agua. Imagina que no sale lo que has votado o peor, imagina que sale lo que has votado pero no ves ningún beneficio de ello. Sin embargo, si eres tú quien toma las decisiones y se organiza, asumirás responsabilidades que nos han quitado la patronal y las instituciones. Poder decidir en el trabajo es una de las cosas más maravillosas que existen, ¿de verdad se lo vas a dejar a 4 mierdecillas que no van a velar por tus intereses o que cuando cambien los vientos te van a dejar en la estacada?

*¿Puedo negociar con la empresa siendo sección sindical? Depende de lo que entiendas por negociar. Si le presentas propuestas o reclamaciones a la empresa y esta no las atiende, lo mejor es pasar a la acción directa. ¿Cual? Pues dependerá mucho del contexto puesto que hay muchas herramientas para ello. Por ejemplo, se pueden enviar emails masivos a la empresa para que acceda a las exigencias de la sección sindical y/o la plantilla. O llamar por teléfono… La solidaridad internacional también es clave aquí puesto que las franquicias son especialmente vulnerables a las muestras de solidaridad de compas en otros paises o ciudades.

*Bonus track Aquí os dejo un video donde creo que por primera vez en la historia de la humanidad, Telemadrid dice algo que es verdad y se retracta de un error. Ea, de gratis xD https://youtu.be/NMN5hPCSHuk

 
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from Serendipias

Recibir el diagnóstico que confirman mis sospechas acerca del autismo y TDAH debería haber sido motivo de alegría.

Ahora entiendo porque me ha costado relacionarme con el resto de las personas y no me gustaba ir de fiesta cuando tocaba. No me estaba asilando por ello, estaba protegiendo mi salud mental de forma inconsciente. Socializar siempre ha tenido un coste alto para mí, si esto le sumaba los ambientes ruidosos el precio se elevaba.

Mi relación con la comida no fue especialmente buena durante la infancia y la adolescencia. Pasadas esas etapas me fui reconciliando con algunos alimentos. Resulta que no me gustaba la coliflor hervida, pero rebozada o en bechamel me la puedo comer.

Por otro lado, nunca he sido una estudiante brillante. Me aburría en clases de Historia. por ejemplo. Nunca he conseguido retener fechas concretas, tampoco los acontecimientos que marcaban los periodos históricos.

Sin embargo, mi curiosidad me ha llevado a acumular información (inútil o no) sobre la mitología celta, mitología japonesa, brujería, vampiros, licántropos, narrativa literaria y visual (occidental y oriental) y por supuesto, animales, ya sean perros, gatos u otra especie.

Conozco unas cuantas razas de perros, su procedencia originaria, su carácter, enfermedades frecuentes en algunos de ellos y los cuidados básicos que necesitan (a pesar de esto soy una firme defensora de los perros mestizos).

Con los gatos un poco lo mismo, aunque de estos animales me interesa además el estudio de su comportamiento, ya sea en compañía humana o en colonias felinas.

Ahora me ha dado por investigar tímidamente acerca de las plantas en general, más allá de su uso medicinal: me interesan las plantas de interior y los jardines, una naturaleza domada por la mano humana frente a los bosques (los bosques, otra de mis cosas favoritas, por cierto).

He sido una intensa cuando me dio fuerte con Doctor Who. Me aprendí los nombres de todos los actores que han encarnado al Doctor en su etapa clásica. El lore de la TARDIS, los daleks, la regeneración del Doctor y se puede decir que hice un curso intensivo de inglés solo viendo capítulos de esta serie.

Luego me dio por los Mumin y me enamoré de Snufkin, pero es que es imposible no hacerlo.

El diagnóstico debería ser motivo de alegría, ya que me ayuda a entenderme mejor a mi misma y a saber que en ocasiones camuflo por encima de mis posibilidades en una sociedad que cada vez es más veloz, más exigente y ruidosa. Una sociedad donde se penaliza al diferente si no es lo suficientemente productivo y rechaza las jerarquías.

Además de eso, tengo una maldición, la maldición de tener mil ideas en la cabeza y no poder ejecutar la mitad de ellas. Los principales culpables parecen ser las funciones ejecutivas y la memoria de trabajo.

Esto influye en mi forma de escribir, por supuesto. A veces suelo tardar en escribir en los blogs porque necesito organizar las ideas, y eso no es fácil.

Cuando lo hago soy escueta. Llegar a las 500 palabras es un milagro para mí, si a eso le sumamos la falta de constancia, el agotamiento mental que y que tampoco me da la vida para todo los resultados están a la vista.

Quizá tengo la suerte de que crear ha sido una forma de canalizar mi TDAH y que la expresión escrita sea la preferida de mi Autismo. Puedo hablar, sí, no obstante, tengo algo más de verborrea sobre el papel, aunque a veces no lo parezca.

Descubrir estas limitaciones han dado explicación a otras tantas cosas, pero también me ha dado el bajón. Lo único que lo compensa es que estoy por encima de la media en comprensión verbal.

 
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